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Se podría decir que la experiencia del sismólogo Esteban Chaves en la Antártida no fue lo más placentero.

Cuando la nieve es lo único que se ve durante varias semanas, la vida tiende a complicarse.

Y se torna aún más compleja si a las gruesas capas de ropa le sumamos no bañarse en dos meses, tener que derretir hielo para tomar agua y cavar un hueco en una tienda de campaña para hacer sus necesidades fisiológicas.

El sismólogo permaneció tres meses en la zona junto a otras tres personas, para lograr entender mejor la actividad sísmica.

En la Antártida hay seis meses de día y seis de noche, así que durante el tiempo que el sismólogo estuvo en la zona no hubo oscuridad.

Su dieta también cambió: en un día normal comía mucha carne, chocolates y sopas instantáneas.

Por eso no es de extrañar que la comida fuera una de sus prioridades al salir de estas helas tierras.

El sismólogo estudia en la universidad de Santa Cruz en California y actualmente está de vacaciones en Costa Rica.

Él asegura que la enseñanza más importante fue la fragilidad del ser humano, ya que, como él mismo lo dice, morir en la Antártida no cuesta mucho.