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Doña Katia Aguilar ha vivido el proceso más duro de su vida en los últimos días. Su bebé de un año murió contagiado de COVID-19 en el Hospital Nacional de Niños, el pasado 14 de agosto.

Marco Antonio, mejor conocido en su familia como "Gael", tenía una patología neurológica predisponente: siempre tuvo una esperanza de vida baja, pero el COVID-19 agravó su condición.

El Patronato Nacional de la Infancia (PANI) le dio el niño a doña Katia cuando apenas tenía 10 días de nacido. Ella cuenta a Teletica.com que llegó a amarlo "como si hubiera salido de sus propias entrañas".

Debido a su estado de salud, pasaron mucho tiempo en el hospital pediátrico, desde que nació. Su caso era bastante conocido entre el personal de salud.

Su madre lo llevó a vacunar y, al tiempo, empezó con fiebre y diarrea. Consultó en dos oportunidades en la clínica y el hospital, donde le indicaron que tenía una infección de oído, por lo que lo enviaron a su casa con antibiótico.

Sin embargo, un miércoles doña Katia decidió llamar a la ambulancia porque Gael empezó a tener mucha dificultad para respirar. Cuando llegó centro médico, le realizaron la PCR y salió positiva.

“En ese momento, la doctora me llamó y me dijo que bebé tenía COVID y que podía fallecer en cualquier momento. Yo sabía que si bebé tenía COVID, yo me tenía que ir para la casa porque la orden sanitaria me iba a salir y no podía quedarme con él en el hospital”, contó.

“No quería irme, yo le dije que no, que me dejara estar con él, que de todas formas si él tenía COVID yo ya había estado en la casa con él, ya lo había abrazado, ya lo había besado. Pero me dijeron que por protocolo y seguridad no podía hacerlo y me mandaron para la casa”.

“Yo me despedí de él y le dije que mi corazón iba a quedar con él ahí, que luchara, que él era un niño muy fuerte. Usted no sabe lo duro que es venirse y dejar a un hijo en el hospital y saber que está grave y que usted no puede estar ahí con él, que no puede abrazarlo ni besarlo”, agregó. 

Esa fue la última vez que vio a su pequeño con vida. Al día siguiente, la llamaron para informarle sobre la condición de su hijo: se mantenía grave, pero estable.

Lo único que la reconfortaba, en ese momento, eran las videollamadas que le hicieron los funcionarios del hospital: así podía hablar con él y ver cómo se encontraba.

"Yo pude verlo por videollamada, la enfermera me lo puso y yo pude hablar con él. Yo le dije que luchara, que él era mi vida, que era lo que yo amaba. 'Tita te ama, tita te va a esperar', y me sentí tranquila en ese momento que él me escuchaba”, aseguró.

La enfermera, por medio de la tableta, le enseñaba cómo estaba el cuerpo de su bebé, cómo le hacían masajes y le contaba si ya lo habían bañado o no.

El viernes la volvieron a llamar y le dijeron que Gael no había mejorado, pero tampoco empeorado. A pesar de eso, ese día su esperanza regresó tras hablar con la doctora.

“Yo le dije que si yo podía verlo y me preguntó que si estábamos enfermos, pero nadie tenía síntomas de nada. Me dijo 'el lunes, si Dios quiere y si bebé pasa bien el fin de semana, yo voy a preparar una ambulancia para que usted venga y pueda quedarse un ratito con él’. Yo le dije que gracias porque para mí era muy importante porque yo le prometí que siempre íbamos a estar juntos”. 

"Pero no fue así. Mi bebé falleció en la madrugada del sábado 14 de agosto, yo no pude estar con él, no me pude despedir de él porque yo estaba con la orden sanitaria y no me permitió estar cerca de él”. 

Ese día, únicamente su hija mayor, que no vive con ella, entró a reconocer el cuerpo al centro médico.

Cuando ya el menor estaba fallecido, le hicieron otra videollamada para que pudiera verlo por última vez.

“Ellas me llamaron de nuevo y me pusieron a bebé ya fallecido, pero aún así yo logré hablar con él y despedirme de él (...) Pude decirle que se fuera tranquilo, que yo lo amaba, puede decirle tantas cosas que no podía decirle físicamente a él", añadió doña Katia.

"No pude ir tampoco al funeral"

El dolor ya era demasiado, pero todavía quedaban momentos difíciles para la familia. Debido a que ella y su hija menor tenían orden sanitaria, no pudieron asistir al entierro.

Ya que es un caso positivo de COVID-19, no se puede realizar ninguna celebración. El ataúd, ya cerrado, fue directo al cementerio.

"No podía velarse, la cajita salía sellada, no pudimos vestirlo, así como falleció así salió del hospital, envuelto en unas sábanas y unas bolsas", dijo.

En este momento, solo pudieron estar presentes su hija, hermana y dos vecinas. Ella asistió nuevamente por medio de una videollamada.

Trato excepcional del personal

Pese a que su caso en particular ha sido difícil, doña Katia está muy agradecida por el trato que recibió Gael durante su corta vida.

Además, ella tiene una menor de nueve años con Síndrome de Down, por lo que asegura, doblemente, que el Hospital de Niños es excepcional, con personas "maravillosas".

“Esto de hacer las videollamadas, de llamar a las casas e informarnos como están nuestros hijos, es lo más maravilloso que ellos pudieron haber hecho. Si no hubiera existido, no hubiéramos tenido cómo saber de nuestros hijos, como verlos, solo una llamada por teléfono normal y no saber si ellos realmente están bien o no", dijo la vecina de Guadalupe.

Según cuenta, el tiempo de la llamada dura lo que la familia desee, ellos se quedarían horas con las tabletas con tal de hacer felices a sus pacientes y sus seres queridos.

“Yo creo que ellas se ponen en el lugar de uno, algunas son mamás y otras no, pero siempre le dan palabra de aliento”, concluyó doña Katia.