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Fiorella Gómez Lizano es una joven de 29 años, quien ha luchado por su vida inagotablemente: es la primera mujer sobreviviente de un trasplante de ambos pulmones en Centroamérica.

Aunque sea difícil creerlo, un año y un mes después de esa importante cirugía, contrajo COVID-19 y sobrevivió.

El proceso de lucha luego del trasplante ya era suficientemente complicado como para, además, contraer una enfermedad que atacaba, entre otras cosas, el sistema respiratorio.

Recibir el diagnóstico positivo la devastó.

“Me tiré al suelo y empecé a llorar como una chiquita de 5 años y dije que ahora sí me iba a morir, que esto me iba a matar porque mi cuerpo no tenía como defenderse”, contó Fiorella.

Su madre, quien vive en la misma casa, había salido positiva, por lo que estaba en máximo peligro. Según Gómez, ella era del porcentaje de la población que no se podía enfermar: todos los pronósticos estaban en su contra.

“Cuando yo me comunico vía WhatsApp con mi doctora, inmediatamente me indica que debo ir al hospital a realizarme la prueba de COVID-19. Me realizo la primera prueba, doy positivo y de inmediato me internan”, contó.

Tanto los doctores como la familia de Fiorella y hasta ella misma tenían muy pocas esperanzas. ¿Qué le podía provocar este virus a ella si había matado hasta personas sin factores de riesgo?

Los síntomas comenzaron a aparecer, pero su actitud se tornó positiva.

“Empiezo a tener escalofríos, dolores de cabeza muy fuertes, fiebre, diarrea y vomito y me meten en aislados”.

Pasaban los minutos, la incertidumbre seguía. Lo único que le podían dar era acetaminofén. Pero ocurrió lo que menos esperaban.

Nunca tuve ningún problema ventilatorio. No requerí ni una sola aplicación de oxígeno, asistencia de nada, solo vigilancia y monitoreo”, dijo Fiorella.

Tan solo 48 horas después y debido a su buen estado de salud, los doctores decidieron enviarla a casa, donde terminó su cuarentena sin complicación.

Su mamá, su hija de 7 años, su abuelo y su hermano también estaban contagiados; sin embargo, Fiorella asegura que todos se apoyaron mutuamente. Para ese momento, su gusto y olfato habían desaparecido.

“Yo salgo de la cuarentena, me mandan a hacerme una prueba más: sigo dando positivo. Me repiten la prueba en una semana más y ya doy negativo (…) La única secuela que he tenido es que no me sabe igual la comida y cuando he bailado o he cantado o he forzado me he puesto como morada, pero ya se comentó con los médicos y puede ser que sea que el virus me quitó la condición física y requiere para futuro otra vez rehabilitación”, indicó González Lizano.

Fiorella tiene una hija, quien la motivó para seguir luchando, tanto cuando fue operada de los pulmones, como cuando tuvo el virus.

“Cuando me dio COVID-19 ella me decía: mamá tú sabes que Dios está con nosotros, que nada malo nos va a pasar”, contó.

Médicos: "Pensamos que podía pasar lo peor"

Cuando los médicos se enteraron de que Fiorella tenía COVID, tuvieron una reunión de inmediato. Todos pensaron que el escenario se complicaría. 

"Cuando tuvimos el resultado positivo de coronavirus de Fiorella nos preocupamos muchísimo todo el equipo de trasplante, pensamos que podía pasar lo peor", contó el doctor Rodrigo Chamorro, coordinador de Trasplantes Torácicos en el Calderón Guardia.

Debido a que el virus es tan nuevo, aún no hay evidencia concluyente de lo que ocurre en pacientes como ella. 

“Hablamos a Canadá, hicimos la consulta a la Universidad de Toronto y lo que nos informaron era que los pacientes trasplantados de pulmón que se infectaban con coronavirus y hacían neumonía tenían una mortalidad muy elevada en la experiencia de ellos", añadió el médico.

Una enfermedad que apareció “de la nada”

Antes del trasplante, la paciente comenzó a perder peso, el apetito, tenía ahogo, tos seca y dolor en el pecho. Al principio le decían que era asma o alergia, pero no. Después pensaron que podía ser lupus o esclerosis, y tampoco.

Fiorella tenía 24 años cuando fue diagnosticada con fibrosis múltiple, y se dieron cuenta que su enfermedad no tenía razón de ser: solo apareció.

En ese momento trabajaba como policía de la Fuerza Pública y su hija tenía 2 años.

Su pronóstico fue empeorando, dejó de trabajar y sus pulmones no estaban bien.

“Tenía los pulmones como los de una persona de 60 años. Fui oxígeno dependiente durante dos años antes de mi operación. (…) Cuando yo estaba muy mal mi hija me esperaba luego de la universidad con el cable del oxígeno y me lo ponía”, dijo a Teletica.com.

“Me tenían que meter mangueras entre las costillas para poder cerrar el pulmón a presión. Esto me pasó 11 veces”.

La paciente estudiaba Relaciones Internacionales desde el hospital, le hacían llegar los exámenes, pero nunca se rindió

 “Yo estaba muriéndome realmente, estaba agonizando. Mi corazón prácticamente estaba latiendo ocho veces más para yo poder sobrevivir, mis pulmones eran como pasitas. Me opusieron alto flujo de oxígeno antes de intubarme o ponerme una traqueotomía y en eso salió el donante”, aseguró.

Trasplante

La noticia de que sería operada la tomó de la manera más positiva posible. Para ella, en ese momento, era la única salida: o superaba la enfermedad o descansaba.

“Yo le dije a mi mamá "mami me voy a operar, ambas opciones son ganancia. Si sobrevivo a la operación genial y si me muero también es ganancia porque me voy a liberar de esta enfermedad tan cruel”.

Solo tuvo la oportunidad de despedirse de ella, ya que, literalmente, la operación se dio en cuestiones de horas.

El 4 de setiembre de 2019 operaron a Fiorella. El procedimiento tardó 11 horas y se despertó hasta el 27 de ese mismo mes.

Estuvo todo ese tiempo en coma inducido.

“Hice un shock cardiogénico en el corazón, estuve con oxigenación post membrana artificial, es una tecnología muy nueva en el país. Una persona que tenga eso diariamente cuesta dos millones de colones y yo estuve con eso 18 días. Hice siete infecciones pulmonares en UCI, una trombosis y varias hemorragias”, aseguró la sobreviviente.

Durante ese proceso se le atrofiaron los músculos de los pies, aprendió nuevamente a hablar, a caminar, a respirar.

Tras 50 días en UCI la pasaron de salón e inició la rehabilitación intensiva. Incluso empezó a hacer ejercicio como cualquier otra persona para recuperar su condición. Con una estatura de 1.72 metros llegó a pesar 43 kilos.

“En casa tuve que aprender a levantarme sola, a apoyarme y todas las semanas tenía que ir a rehabilitación, a sacarme sangre, a hacerme exámenes. Todas las semanas tenía citas, luego fueron cada 15 días, cada 22, cada mes y así sucesivamente”.

“Soy un milagro”

A pesar de este proceso, del COVID-19 y de todas sus experiencias, Fiorella sigue positiva y amando la vida más que nunca. Para ella, es un milagro estar viva.

“Estoy segura de que lo que pasó y pasa en mi vida es un milagro y creo que Dios no iba a dejar que yo me muriera si ya había pasado lo peor, que fue la cirugía”, dijo.

“Mi vida cambió radicalmente, soy una persona totalmente normal”, contó.

Fiorella está terminando su carrera y ya está haciendo los planes con la CCSS para poder trabajar, a pesar de estar pensionada, ya que tiene que velar por su hija.

“La gente tiene el enigma de que no existe el trasplante de pulmones o que tengo que vivir acostada en una cama, ¡jamás! Lo peor para mí es la cama. Yo tengo que salir a hacer ejercicio, a caminar, a moverme. El pulmón es un músculo entonces hay que tenerlo en constante ejercicio”, aseguró.

Ella espera poder reinsertarse pronto en la sociedad y seguir viviendo como si fuera el último día de su vida.