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“Dos hormigas se tragaban el agua que pasaba por ahí”. La frase es de Wilberth Barboza y la emplea para describir la “fuerza” de la quebrada Hornillas, la misma que estuvo a punto de matarlo a él y a su familia hace un año cuando Otto soltó su furia sobre el cantón de Bagaces en Guanacaste.

Esa noche del 24 de noviembre de 2016 un riachuelo que nace en las faldas del volcán Miravalles se tragó al pueblo de Unión Ferrer, dejó sin casa a 22 familias y le arrebató la vida a cuatro de sus vecinos.

Él y el resto de los sobrevivientes no califican el hecho de inesperado, lo tachan todavía de imposible.

Hornillas no era más que un hilo de agua, pero esa fatídica noche un derrumbe en las paredes del Miravalles formó una represa que le aportó el material suficiente para transformarse en un mar de lodo, piedras y palos.

“Yo nací y crecí ahí, vi aguaceros duros, pero nunca algo así”, dice Barboza de 50 años, quien junto a su esposa y dos hijos fue arrastrado por la corriente. Él fue rescatado luego de cuatro horas a la intemperie, su familia debió soportar seis aferrada a una montaña de escombros.

Unos 300 metros más arriba la tempestad ya había sepultado a Maritza Alvarado Méndez, su hijo Joseph Alvarado y su pareja sentimental Orlando Obregón.

En el lugar también murió Dennis Alvarado, hermano de Maritza. Él fue encontrado con vida, pero falleció antes de que las autoridades de socorro pudieran llegar en su auxilio.

El recuerdo del caos

Menos de un kilómetro río abajo del centro de la catástrofe Marco Alvarado observa con la mirada perdida las laderas que le arrebataron dos hijos, un nieto y un yerno.

Con la voz entrecortada este adulto de 79 años recuerda cómo ese jueves no hubo signo alguno que permitiera advertir la tragedia.

“El día se acabó con una llovizna, no hubo nada diferente. Yo llegué aquí en 1950 y esa quebrada nunca fue más que eso que están viendo ustedes ahí”, afirmó con pesar.

Sus dos hijos vivían en casas dentro de su propiedad, las dos a escasos metros de Hornillas. Pero igual que el resto de los vecinos se prepararon para la lluvia y el viento, sinónimos exclusivos de un huracán en la cabeza de los ticos.

“La lluvia y el viento para nosotros era algo normal, pero a las seis de la tarde prácticamente no llovía, entonces nadie imaginó tal magnitud. Se había ido la corriente desde las cinco de la tarde y no teníamos mayor información, el derrumbe nos sorprendió a todos”, aseguró Maureen Castillo, viuda de Dennis Alvarado y quien escapó junto a sus dos hijos de la muerte.

Ese corte de electricidad había sumido a Unión Ferrer en la oscuridad. A las 6:40 p. m. los primeros retumbos de la catástrofe que se avecinaba empezaron a ser notorios y el estallido de una turbina del proyecto geotérmico fue la última de las alertas.

“Yo tuve un presentimiento, le dije a Wilberth que dejáramos todo y nos fuéramos. Eran como las 6:40 y él no me hizo caso. 

"Yo le pedía a los conocidos por teléfono que por favor nos avisara qué estaba pasando porque no teníamos electricidad, no teníamos comunicación, les imploraba que nos informaran, pero esas respuestas las vi hasta muchas horas después”, afirmó entre lágrimas Brenda Hernández, la esposa de Wilberth Barboza.

Para las 7 p. m. la inocente Hornillas ya se había tragado un pueblo.