Últimos guardianes del barro: la alfarería de Santa Ana busca quién herede sus secretos
Durante décadas, este cantón josefino fue reconocido por sus alfareros, pero hoy sus principales exponentes aseguran que cada vez son menos las personas interesadas en aprender la profesión.
El torno continúa girando, las manos siguen moldeando la arcilla y los hornos todavía transforman el barro en verdaderas obras de arte. Sin embargo, en Santa Ana existe una preocupación que ni siquiera los artesanos más experimentados han logrado resolver: ¿quién continuará con este oficio cuando ellos ya no estén?
Durante décadas, este cantón josefino fue reconocido por sus alfareros, pero hoy sus principales exponentes aseguran que cada vez son menos las personas interesadas en aprender la profesión. El tiempo avanza y, con él, crece el temor de que una parte de la identidad santaneña termine desapareciendo (ver video adjunto).
Para comprender esta realidad, en Más que noticias emprendimos un recorrido por los talleres y las historias de algunos de los artesanos que todavía mantienen viva esta tradición. Conocimos a hombres que han dedicado buena parte de su vida a transformar la tierra en jarrones, macetas, alcancías y figuras decorativas. Algunos heredaron el conocimiento de sus familias, mientras que otros encontraron su vocación observando a quienes trabajaban frente a un torno. Todos comparten una misma preocupación: la falta de una nueva generación de alfareros que continúe su legado.
Cuando Santa Ana encontró su identidad en el barro
La historia de la alfarería santaneña está profundamente relacionada con la riqueza de sus suelos y el intercambio de conocimientos entre artesanos de diferentes procedencias. A finales del siglo XIX, la llegada de inmigrantes italianos contribuyó al desarrollo de la actividad cerámica en la zona. Posteriormente, familias de artesanos y trabajadores de otros países centroamericanos también desempeñaron un papel importante en la transmisión de técnicas y la creación de talleres.
Una de las familias fundamentales para el desarrollo de este oficio fue la Hernández Mora, que se estableció en Santa Ana a finales de la década de 1950. Sus talleres se convirtieron en espacios de aprendizaje para numerosos vecinos que posteriormente fundaron sus propios negocios. Así, el conocimiento comenzó a multiplicarse y la alfarería se consolidó como una actividad característica del cantón.
Lo que comenzó como una forma de ganarse la vida terminó convirtiéndose en una expresión de su identidad cultural.
La arcilla de Salitral también desempeñó un papel fundamental en esta historia. Sus vetas de barro permitieron que distintas familias encontraran la materia prima necesaria para desarrollar sus creaciones. Con el paso de los años surgieron talleres que dieron empleo a vecinos y contribuyeron a que Santa Ana fuera reconocida por la calidad de sus piezas.
Los maestros que se resisten al paso del tiempo
Uno de esos talleres es el de Carlos Marín, representante de una familia profundamente vinculada con la alfarería de Salitral. La historia de los Marín comenzó cuando su padre, Vidal Marín, descubrió una veta de arcilla en una propiedad familiar y encontró en aquel material una nueva oportunidad. El conocimiento pasó de unas manos a otras hasta convertirse en una actividad que marcaría la historia de la familia. Hoy Carlos continúa siendo uno de los artesanos que defienden la importancia de conservar este oficio.
También conocimos a Rafael Montero, quien antes se dedicaba al cultivo de cebolla. Su vida tomó otro rumbo cuando comenzó a aprender alfarería en el taller de los Marín, donde descubrió una profesión que terminaría convirtiéndose en parte de su historia. Su experiencia demuestra cómo estos talleres funcionaron durante años como verdaderas escuelas para quienes deseaban aprender. Pero también plantea una pregunta: ¿dónde están hoy los jóvenes dispuestos a seguir ese mismo camino?
En nuestro recorrido visitamos además Cerámicas del Valle, un emprendimiento familiar vinculado con la tradición alfarera santaneña. Allí conversamos con Dennis Chavarría, quien forma parte de una historia construida alrededor del trabajo artesanal y la elaboración de piezas de barro. Este taller representa uno de los esfuerzos por mantener vigente una actividad que durante generaciones ha dado identidad y sustento a numerosas familias.
Sin embargo, uno de los encuentros más significativos fue con José Antonio Madrigal Chaves, conocido cariñosamente como “Toñito”, uno de los alfareros de mayor trayectoria de Santa Ana. Su historia comenzó cuando era apenas un niño y observaba con curiosidad a las personas que trabajaban la arcilla cerca de su casa. Aquellas escenas despertaron una fascinación que lo acompañaría durante toda su vida. Con los años, su talento y dedicación lo llevaron a recibir reconocimientos por un oficio que continúa siendo parte fundamental de su identidad.
"Toñito" pertenece a una generación que aprendió a dominar los tradicionales tornos de pie, aquellos que requieren coordinar el movimiento de las piernas con la precisión de las manos. Reconoce que esta técnica es cada vez menos común y que los jóvenes no parecen mostrar el mismo interés que existía décadas atrás. Además, el paso del tiempo también representa un desafío físico para quienes han pasado buena parte de su vida trabajando con barro. Aun así, el conocimiento que conserva continúa siendo un testimonio de la riqueza artesanal del cantón.
Una tradición que se está quedando sin herederos
Durante las entrevistas encontramos una coincidencia que encendió las alarmas. Los artesanos consultados aseguran que actualmente no conocen jóvenes dedicados a continuar esta tradición en Santa Ana. Incluso recordaron que el último alfarero joven del que tuvieron conocimiento tenía aproximadamente 20 años y falleció tiempo atrás. Su recuerdo se convirtió en una dolorosa muestra de la incertidumbre que enfrenta el oficio.
El problema va más allá de la desaparición de algunos talleres. Cada vez que un alfarero deja de trabajar sin haber transmitido sus conocimientos, también existe el riesgo de perder técnicas que tardaron décadas en perfeccionarse. Saber preparar la arcilla, reconocer su textura, controlar el torno y comprender los tiempos del secado y la cocción son habilidades que difícilmente se aprenden de un día para otro. Por eso, los maestros insisten en la importancia de encontrar personas dispuestas a convertirse en sus sucesores.
Frente a esta realidad, la Municipalidad de Santa Ana también impulsa esfuerzos para promover y preservar la tradición. David Durán, encargado del área de Cultura, forma parte de las personas vinculadas con estas iniciativas, que incluyen acercamientos y alianzas culturales con localidades de Italia. La intención es generar oportunidades para fortalecer el oficio, promover el intercambio de conocimientos y despertar nuevamente el interés por la alfarería.
¿Quién será el próximo alfarero de Santa Ana?
La pregunta permanece abierta. En los talleres todavía hay maestros dispuestos a compartir lo que saben, herramientas que han acompañado a varias generaciones y arcilla esperando convertirse en una nueva creación. Lo que hace falta, según los propios artesanos, son manos jóvenes que quieran aprender a darle forma.
Nuestro reportaje especial de Más que noticias busca precisamente visibilizar esta realidad y reconocer a quienes se resisten a dejar morir una de las tradiciones más representativas de Santa Ana.
Vea el video adjunto a esta nota y conozca las historias de los alfareros que continúan luchando para que su legado no desaparezca.

