Por Rubén McAdam 18 de marzo de 2026, 18:40 PM

Son las once de la mañana y el sol cae sin tregua sobre el asfalto.

En medio del calor, los carros avanzan y se detienen con la cadencia de los semáforos. Ventanas cerradas, miradas apuradas, bocinas lejanas. Todo parece parte de la rutina. Hasta que aparece.

Antes de que la luz cambie a verde, un payaso se acerca a una de las ventanas. Lleva confites en la mano y una sonrisa que no depende del maquillaje.

—¿Cuánto valen? —pregunta el conductor.

—Cincuenta colones cada uno —responde—, pero se los dejo en 25 si promete que cada confite comprado irá para un niño en su casa.

El adulto duda apenas un segundo y acepta. No compra para sí. Compra pensando en alguien más.

Esa escena se repite todos los días en distintos semáforos del Valle Central. Es parte de la rutina de quien, bajo la nariz roja, se hace llamar "Solcito".

Su nombre real es Michael, pero en la calle nadie lo conoce así. Para quienes lo ven aparecer entre carros y luces rojas, es simplemente el payaso que llega con dulces y una condición inesperada. Su trabajo, visto desde fuera, podría parecer sencillo. Pero tiene una lógica propia.

"Solcito" solo vende confites a adultos. Y siempre con la misma regla: esos dulces deben terminar en manos de un niño. Para él, cada semáforo es más que un punto de tránsito. Es una oportunidad breve, casi fugaz, de interrumpir la prisa y sembrar un gesto distinto.

La historia de Solcito comenzó hace cuatro años, lejos del ruido de la ciudad. Estaba en la playa con unos amigos cuando surgió la idea de vestirse de payaso, más como un experimento que como un plan. Buscaban salir de la rutina y ganar algo de dinero.

Pero en medio de esa experiencia, Michael descubrió algo que no esperaba.

Detrás del personaje encontró una forma de alegría que no había sentido antes. No solo por lo que él hacía, sino por la reacción de los demás. Decidió entonces dedicarse a eso.

Hoy recorre las calles de Escazú y Belén, moviéndose entre semáforos, calor y tráfico. Su escenario no tiene luces ni telón, pero sí espectadores que, por unos segundos, bajan la guardia.

Si desea conocer más sobre esta historia y ver cómo "Solcito" transforma los semáforos en espacios de conexión, puede repasar el reportaje completo en el video que aparece en la portada de este artículo.

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