Por Rubén McAdam 27 de enero de 2026, 18:45 PM

Durante años, María Isabel trabajó en el área de salud como encargada de enfermería en el departamento de vacunación infantil y de adultos. Desde ese espacio fue testigo de una escena repetida: madres y padres llegaban con los libritos de vacunas arrugados, rotos o casi deshechos por el uso constante.

Ese detalle, que para muchos pasaba inadvertido, para ella se convirtió en una preocupación persistente. “Me daba tristeza verlos tan dañados”, recuerda. Con el tiempo, esa inquietud se transformó en una idea concreta. María Isabel decidió aprender algo nuevo y buscar una solución para proteger esos documentos que guardan la historia de salud de cada persona.

Con la ayuda de su hijo, quien había llevado cursos de empastes y encuadernación en el Instituto Nacional de Aprendizaje (INA), comenzó a capacitarse para reparar, reforzar y dar una nueva vida a los libritos de vacunas.

Un oficio que nació por necesidad

Lo que inició como una respuesta práctica pronto se convirtió en un emprendimiento familiar. Madre e hijo comenzaron a confeccionar empastes y protectores personalizados, cuidando cada detalle y adaptándose a las necesidades de quienes llegaban con sus libritos dañados.

Ambos también se formaron en diseño gráfico, lo que les permitió ofrecer acabados más resistentes y visualmente atractivos. Con el tiempo, el trabajo tomó tal solidez que se convirtieron en pioneros en el país en la elaboración de protectores especializados. El proyecto creció al punto de registrar oficialmente el nombre del producto en el Registro de la Propiedad.

De boca en boca

Sin campañas publicitarias ni grandes inversiones, el emprendimiento fue creciendo gracias a la recomendación directa de la gente. Familiares, vecinos y pacientes comenzaron a pasar la voz. “Vaya donde doña María Isabel, ella se lo deja como nuevo”, se escuchaba decir.

Así, de boca en boca, el negocio fue ganándose la confianza de la comunidad y consolidándose como una opción confiable para proteger un documento esencial en la vida de las familias.

Hoy, María Isabel es prueba de que nunca es tarde para aprender un oficio nuevo ni para emprender. Con paciencia, dedicación y mucho cariño, transformó una necesidad cotidiana en una oportunidad de servicio. Porque, a veces, detrás de algo tan pequeño como un librito empastado, hay una historia grande de ingenio y vocación por ayudar. Para conocer más sobre este emprendimiento y su impacto, le invitamos a repasar el reportaje en el video disponible en la portada del artículo.

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