Por Rubén McAdam 16 de marzo de 2026, 18:40 PM

Hace cinco años, la familia Silvestri dejó Argentina con una mezcla de incertidumbre y esperanza. En las maletas viajaban pocas cosas, pero también un deseo profundo de comenzar de nuevo. Rafael Nicolás Silvestri y María Evangelina Cardoso llegaron a Costa Rica junto a sus hijos Franco, Bautista y Natali motivados por la invitación de un amigo costarricense que habían conocido años atrás mientras estudiaba en Argentina. Aquella amistad, con el tiempo, se convirtió en una puerta abierta hacia un futuro posible.

Al llegar al país, sin embargo, no tenían claro a qué se dedicarían. Como muchas historias de quienes empiezan desde cero, la suya se fue escribiendo poco a poco, entre decisiones familiares, pruebas y la voluntad de salir adelante.

La idea que terminaría cambiando su destino nació dentro de la casa. Fue Natali quien le propuso a su hermano Franco intentar vender empanadas argentinas en las afueras del barrio. No era un gran plan de negocios ni una estrategia sofisticada, sino una solución sencilla para generar ingresos mientras encontraban su rumbo.

Comenzaron cocinando en casa, preparando las empanadas con las recetas que habían aprendido en Argentina y saliendo luego a ofrecerlas en la calle. Para sorpresa de todos, la respuesta de los vecinos fue inmediata. Las empanadas gustaron, la gente volvió a comprar y el boca a boca empezó a hacer lo suyo.

Ese pequeño impulso fue suficiente para que el proyecto dejara de ser una idea improvisada y se convirtiera en algo más serio. Los hermanos decidieron involucrar a sus padres, y así lo que había empezado como una iniciativa de dos jóvenes terminó transformándose en un esfuerzo familiar.

Con paciencia, constancia y muchas jornadas de trabajo, el emprendimiento fue creciendo. Las empanadas ya no eran solo una forma de resolver el día a día, sino la base de un sueño que comenzaba a tomar forma.

Hoy, cinco años después de haber llegado a Costa Rica, la familia Silvestri celebra un logro que parecía lejano cuando todo empezó. Abrieron su propio local.

El restaurante se llama Sabores de mi Tierra, un nombre que habla de nostalgia, de identidad y del deseo de compartir con los costarricenses los sabores que trajeron desde Argentina. En su menú ofrecen distintos platillos tradicionales preparados con las recetas familiares que los acompañaron desde su país.

Cada plato es, de alguna manera, una forma de mantener viva la memoria de su origen mientras construyen una nueva vida lejos de casa.

El restaurante se ubica 100 metros al este del Banco Nacional y quienes deseen conocer más sobre su propuesta gastronómica pueden encontrarlos en redes sociales como Sabores de mi Tierra.

Si desea conocer más sobre esta historia y ver cómo nació este emprendimiento familiar, puede repasar el reportaje completo en el video que aparece en la portada de este artículo.

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