En Santa Bárbara todos conocen a la mujer que nunca deja de sonreír
Jardín limpio, semillas nuevas, cuatro perros siguiéndola de cerca. Así transcurre la vida de Doña Ana Sandí, vecina que hizo de la tradición una forma de estar en el mundo.
La casa de Doña Ana Sandí está rodeada de verde. No es una exageración ni una metáfora: hay verde en el jardín, en los árboles, en las matas recién regadas y en el aire húmedo que huele a tierra removida. También hay ladridos. Cuatro perros que la siguen como una pequeña escolta inquieta, atentos a cada movimiento.
En Santa Bárbara de Heredia todos la conocen.
No por algo extraordinario, sino por algo más difícil de explicar: su presencia constante, esa forma de saludar con una sonrisa amplia y un “pura vida” que suena verdadero, como si no fuera una frase hecha sino una convicción.
Cada mañana empieza igual. Sale temprano, toma el rastrillo y limpia el jardín con paciencia. No hay prisa. Junta hojas, empareja la tierra, despeja el terreno. Para ella, ese trabajo no es una obligación doméstica. Es una manera de ordenarse por dentro.
Cuando termina, siembra. Coloca cada semilla con cuidado, como quien deposita algo frágil. Sabe esperar. En el campo aprendió que nada responde al apuro. La tierra tiene su propio tiempo y hay que respetarlo.
Luego aparece el carretillo. Va y viene por la propiedad, retira ramas secas, limpia los árboles, revisa plantas. Los perros la siguen. A ratos se detienen, a ratos corren. La escena tiene algo doméstico y algo antiguo, como si se repitiera desde hace décadas.
La faena continúa hasta que llegan los frutos.
Entonces la rutina cambia de forma. Lo que antes fue cultivo se vuelve cocina. Doña Ana exprime, mezcla, prueba. Prepara frescos naturales que después comparte con orgullo. En el pueblo comentan que cocina bien. Que su cuchara tiene fama. Que lo suyo no es solo receta, es mano.
Nada de eso parece impresionarla.
Trabaja, sonríe, ofrece un vaso frío, conversa un rato. Así transcurre el día.
Su historia no tiene grandes giros ni estridencias. Está hecha de gestos pequeños: barrer, sembrar, cosechar, cocinar. Pero en esa repetición hay algo que sostiene. Una forma de estar en el mundo sin dramatismos, con la certeza de que cuidar la tierra también es cuidarse.
Doña Ana Sandí no habla de tradiciones. Las practica. Y mientras lo hace, sin proponérselo, se convierte en un punto de referencia para quienes la rodean: la mujer que siempre está, la que trabaja, la que sonríe.
Si desea conocer de cerca su rutina, su jardín y esa manera suya de habitar el campo, puede repasar el reportaje completo en el video que está en la portada de esta nota.

