“El Duende” Vargas: el artista herediano que convirtió la fantasía en su propio mundo
Aquellas experiencias que alguna vez alimentaron su imaginación terminaron encontrando un espacio en el arte y definiendo buena parte de su identidad como creador.
En Barva de Heredia encontramos un taller donde la frontera entre la realidad y la fantasía parece desdibujarse. Entre pinturas, esculturas y criaturas fantásticas trabaja Rubén Vargas, un artista al que muchos conocen simplemente como “El Duende”. Su particular personaje no nació únicamente de su imaginación como adulto, sino de recuerdos que conserva desde que era niño. Rubén cuenta que durante su infancia veía lo que él identificaba como duendes e incluso sentía que interactuaba con ellos como si fueran sus amigos (ver video adjunto).
Conforme creció, aquellas experiencias dejaron de ocurrir, pero la fascinación que despertaron permaneció con él. Los mundos fantásticos, la mitología y la literatura comenzaron a alimentar una imaginación que poco a poco encontró una nueva manera de manifestarse. Ya no veía aquellas criaturas de su infancia, pero descubrió que podía volver a encontrarlas cuando tomaba un pincel o comenzaba a moldear una escultura. El arte se convirtió así en el lugar donde todo aquello que alguna vez imaginó podía volver a existir.
Cuando la fantasía encontró el arte
Rubén decidió llevar esa inquietud mucho más lejos e ingresó a la universidad para estudiar arte. Allí desarrolló las herramientas necesarias para transformar sus ideas en pinturas y esculturas, mientras construía una identidad artística profundamente ligada con aquellos universos que siempre lo fascinaron. Con los años, sus obras comenzaron a llenarse de seres fantásticos y elementos inspirados en mundos mitológicos. De aquel proceso terminaría naciendo también el personaje por el que hoy muchos lo reconocen.
“El Duende” no es únicamente un apodo. Rubén convirtió al personaje en parte de su propuesta artística y, en algunas ocasiones, se viste como un duende mientras pinta, esculpe o realiza sus performances. Su apariencia se mezcla entonces con las criaturas que crea, como si por unas horas el artista pudiera ingresar físicamente al universo que durante años construyó en su imaginación. De esta manera, su propia presencia también termina formando parte de la obra.
Lo extraordinario puede estar frente a nosotros
Detrás de toda esa fantasía existe una idea mucho más cercana a la realidad. Rubén considera que el arte y la belleza pueden encontrarse prácticamente en cualquier lugar, siempre que exista la disposición de detenerse a observar. Una forma, una textura o un pequeño detalle que para alguien pasa inadvertido puede convertirse para un artista en el comienzo de una nueva creación. Quizá por eso continúa mirando el mundo con parte de aquella curiosidad que tenía cuando era niño.
Hoy, Rubén ya no necesita encontrarse con los duendes que recuerda de su infancia. Puede pintarlos, esculpirlos e incluso convertirse por un momento en uno de ellos. Aquellas experiencias que alguna vez alimentaron su imaginación terminaron encontrando un espacio en el arte y definiendo buena parte de su identidad como creador.
Porque quizá esa sea una de las grandes enseñanzas de “El Duende”: lo extraordinario no siempre está escondido en un mundo fantástico; algunas veces está justo frente a nosotros, en esos pequeños detalles que casi nadie se detiene a mirar.

