Por Rubén McAdam 14 de agosto de 2026, 18:55 PM

En el Colegio Monterrey, hay un aula donde, además de aprender contenidos académicos, los estudiantes descubren habilidades para la vida. Allí enseña Anita Acuña, una profesora con más de 30 años de experiencia que ha dedicado su carrera a impartir la asignatura de Hogar. Entre ollas, máquinas de coser, tablas de planchar y recetas, ha acompañado a generaciones enteras de jóvenes. Sin proponérselo, terminó ganándose un apodo que resume perfectamente quién es para sus alumnos: “la mamá” (ver video adjunto).

En sus clases se aprende a cocinar, lavar, coser, planchar y desenvolverse con mayor independencia en la vida cotidiana. Pero quienes han pasado por su aula aseguran que las lecciones más importantes no siempre aparecen en un programa de estudios.

Con paciencia y cariño, Anita escucha, orienta y acompaña a sus estudiantes en momentos difíciles. Para muchos, entrar a su clase también significa encontrar un espacio seguro donde siempre hay alguien dispuesto a escuchar.

Mucho más que una profesora

Sus estudiantes la describen como una guía, una confidente y una persona que siempre encuentra las palabras adecuadas cuando alguien atraviesa un momento complicado. Algunos incluso aseguran que gracias a sus consejos se acercaron más a Dios y fortalecieron su vida cristiana. 

Otros simplemente agradecen haber encontrado en ella a una adulta que creyó en ellos cuando más lo necesitaban. Esa relación tan cercana hizo que muchos comenzaran a verla como una segunda madre.

Lo más curioso de esta historia es que Anita nunca tuvo hijos. No fue consecuencia de una condición médica ni de una imposibilidad biológica. Fue una decisión consciente que tomó al comprender que los caminos de cada persona son diferentes y que, en su caso, sentía que Dios la llamaba a servir de otra manera. En lugar de formar una familia propia, decidió dedicar su vida a acompañar y educar a cientos de jóvenes.

Una maternidad que se construye con amor

Con el paso de los años, Anita descubrió que su verdadera vocación iba mucho más allá de impartir clases. Entendió que podía dejar una huella profunda en la vida de sus estudiantes enseñándoles no solo a preparar una comida o a coser un botón, sino también a enfrentar la vida con valores, responsabilidad y esperanza. Esa ha sido la misión que ha abrazado durante más de tres décadas. Y los cientos de alumnos que han pasado por su aula son testigos de ello.

En este Día de la Madre, la historia de Anita Acuña recuerda que la maternidad también puede expresarse de muchas manerasHay mujeres que aman, cuidan, orientan y acompañan sin necesidad de compartir un vínculo de sangre. Porque ser madre también puede significar estar presente, tender una mano y dejar una huella imborrable en la vida de los demás. Y eso, durante más de 30 años, es exactamente lo que ha hecho la profesora Anita.

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