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El 9 de octubre un Gustavo Matosas entró a la sala de conferencias de un hotel de la capital josefina bien vestido, con una sonrisa de oreja a oreja, con aires de confianza y muy motivado.

Saludó a cada uno de los miembros de la Fedefútbol y en cada pregunta trató al periodista por su nombre.

De primera dejó claro su buen manejo del entorno, sus relaciones públicas y su cuidado con su imagen, al punto de tener a su propio encargado de comunicación.

Once meses después, el Matosas que anunció este miércoles su renuncia al banquillo de la Selección Nacional dio otra cara.

Llegó desaliñado, con el ceño fruncido y en una improvisada mesa colocada de emergencia en el Estadio Nacional se despidió por “aburrimiento” de la Tricolor.

Una excusa cero creíble cuando es más que conocido que regresará al fútbol mexicano para vincularse al Atlético San Luis.

Tosco, de verbo fuerte, cortante, grosero, y por qué no, hasta un poco de menosprecio, así fue el Matosas que dejó tirada a la Tricolor este miércoles.

Un hechizo que duró poco.

El primer día, Matosas dejó muy en claro varios puntos que hicieron a más de uno motivarse ante tal discurso.

Su idea, su forma de ver el fútbol, el país y los futbolistas ticos llenaron de ilusión a la afición, jugadores y a la cúpula de la Fedefútbol a quienes el charrúa ya había hechizado en las entrevistas previas que le permitieron ser seleccionado.

"Lo que me motivó fue el proyecto deportivo, tiene uno de los complejos deportivos más importantes de Latinoamérica, tiene una directiva seria y me entusiasmó mucho. Uno de los sueños es llegar al Mundial y hoy estoy un paso más cerca de lo que estuve ayer", fueron parte de sus palabras el día de su presentación.

Además, agregó que "una de las ilusiones que me convencieron fue ir a un Mundial; y si hay un lugar donde hay buenos jugadores y aguerridos, ese es Costa Rica; la materia prima me reencontraentusiasmó", expresó en aquel momento.

Luego se encargó de fabricar una buena imagen a través de los medios de comunicación. Atendió a cada uno por aparte y se preocupó de estar pendiente de sus publicaciones. Todo esto mientras alababa al país, era invitado a cuanta actividad hubiera y se encarga en redes sociales de asegurar lo feliz que era en Costa Rica.

Durante su instancia en el país se dio el lujo de ir a visitar zonas rurales y conocer las bellezas de paisajes de nuestro terruño. Todo hacía indicar que buscaba adaptarse a la idiosincrasia del tico, al clima, al ambiente, a la pasión futbolera…

En poco tiempo se fue ganando a un sector de la afición con sus publicaciones en redes sociales más de “influencer” que de un estratega de la Nacional.

Por si fuera poco, marcas de automóviles y otras lo buscaron rápidamente para no perder su oportunidad de exposición. Matosas vivía un paraíso en Costa Rica.

Luego vinieron los partidos. Los resultados no se dieron al inicio, pero su buen verbo y el compromiso de mejorar en los próximos juegos convenció a buena parte de la prensa. Al final había quedar tiempo para ver resultados.

Ya en la Copa Oro comenzó el cambio. En las conferencias de prensa se sentía un poco molesto ante los cuestionamientos, tras ganar apenas a Bermudas y Nicaragua (dos de sus únicos triunfos al frente de La Sele) y perder ante Haití.  

Ahí comenzaron las excusas. Se atrevió a asegurar que los medios eran los que “menospreciaban” a los rivales y que las “distancias se habían acortado”.

Ante México se mejoró en actitud y nivel de juego y por poco se estuvo cerca de la hazaña de dejar fuera a los aztecas. Era el reconcilio nuevamente entre prensa, afición y Matosas.

Pero todo se acabó este miércoles.

Aduciendo que “es muy aburrido entrenar a una selección” y que sintió que estaba de “vacaciones” fueron las frases que reflejaron el verdadero rostro de Matosas en estos 11 meses.

El técnico charrúa se marchó tras ocho partidos, vivió unas “vacaciones” bonitas donde conoció Costa Rica y sus lugares turísticos.

Fue visto como un mesías a su llegada y salió por la puerta de atrás, fácil ahora es más enemigo público que cualquier otro.

Así fue el último gran discurso de Matosas, un discurso que al final terminó siendo todo un engaño.