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Una docena de cadáveres se apilan cerca de un campo de arroz en el norte de Birmania. Son los de los combatientes de la resistencia, que tendieron una emboscada a los soldados a finales de septiembre, en la que también murieron cinco militares.

Ocho meses después de derrocar al gobierno civil de Aung San Suu Kyi, la junta birmana se enfrenta a acciones sangrientas contra sus tropas por parte de resistentes muy decididos pero demasiado escasos como para esperar desestabilizarla realmente.

"Tenemos que ser sabios en nuestro calendario y en nuestro plan", dijo a la AFP un miembro del grupo local de las Fuerzas de Defensa del Pueblo tras el enfrentamiento del 25 de septiembre, en la pequeña aldea noroccidental de Gone Nyin.

En las últimas semanas han aumentado los enfrentamientos similares entre las milicias antigolpistas y las tropas de la Junta, a veces acompañados de explosiones de bombas y de asesinatos selectivos de personas acusadas de colaborar con el régimen, lo que ha provocado sangrientas represalias en ambos bandos.

La semana pasada, los medios locales informaron que una familia entera --incluido un niño de 12 años-- había sido asesinada a tiros por ayudar supuestamente a las tropas en la búsqueda de manifestantes.

Ataques contra las antenas de telefonía 

Los disidentes también atacaron e inutilizaron antenas de una empresa de telefonía móvil de propiedad militar.

Un gobierno en la sombra formado mayoritariamente por exdiputados del partido de Aung San Suu Kyi ha llamado a una "guerra defensiva" contra las tropas y los bienes de la junta.

En la ciudad de Thantlang (al oeste del país), por ejemplo, casi toda la población huyó cuando el ejército disparó obuses de artillería tras enfrentamientos con los combatientes de la resistencia el mes pasado, dijo a la AFP un residente de 50 años que no quiso identificarse.

Muchos habitantes del pueblo cruzaron a pie ríos y colinas para irse a India y encontrar la relativa seguridad de un campo de refugiados.

Al otro lado del país, los habitantes del estado de Kayah (este) también huyeron de los bombardeos del ejército tras enfrentamientos esta semana, según una milicia local antijunta.

Desde el golpe de Estado del 1 de febrero, más de 1.100 civiles han muerto y unos 8.000 han sido detenidos, según los observadores locales.

La Junta dice que el número de muertos es mucho menor y niega que sus tropas hayan cometido masacres y quemado casas.

Llamada a las armas del gobierno en la sombra 

Los militares han intensificado la violencia para "aplastar la disidencia e impedir que el movimiento de resistencia gane terreno" tras el llamamiento a las armas del gobierno en la sombra, dijo a la AFP Manny Maung, un investigador sobre Birmania de la oenegé Human Rights Watch.

Mientras los combates hacen estragos, Aung San Suu Kyi, de 76 años, está prácticamente ausente de la escena pública, bajo arresto domiciliario.

Su contacto con el mundo exterior se limita a reuniones con sus abogados antes de las audiencias de su juicio en un tribunal de la junta.

Suu Kyi, defensora de la no violencia, se ve ahora superada por muchos de los opositores a la junta, que creen que solo la violencia puede acabar con el dominio de los militares en la política y la economía del país.

"Una gran parte de la población está decidida a impedir la vuelta al régimen militar, a costa de sus vidas si es necesario", dijo Richard Horsey, del International Crisis Group. "El escenario está preparado para un periodo de violencia sostenida".

La región de Sagaing (centro) es el escenario de algunos de los enfrentamientos más intensos de los últimos tiempos.

Los agricultores "ya no pueden cultivar alimentos en sus granjas", dijo a la AFP un monje budista de la aldea de Kani, cerca de Gone Nyin.

"Tienen que correr y esconderse a menudo", dijo el monje, que no quiso identificarse. "Están agotados. Pero no les gusta el ejército".

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