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Tarik Kebeda, una etíope de 22 años que emigró a Líbano para trabajar, quiere ahora dejar este país, al que está apegada, pero donde ya "no puede vivir más" después de la explosión de principios de agosto en Beirut, que destruyó los muros y destrozó los cristales de su vieja casa.

Esta joven y sus cuatro compañeras de piso relatan el infierno vivido tras el inicio de la crisis económica en Líbano, amplificada luego por la pandemia de covid-19.

La mujeres más o menos sobrevivían tras la pérdida de sus empleos en supermercados o restaurantes. La explosión las hundió definitivamente, al haber quedado sin casa.

Para muchas migrantes, es hora de irse del país.

Pero Tarik Kebeda no tiene dinero para ello y no le queda más remedio que dormir en la casa de vecinas etíopes, donde los muros están fisurados.

"Me da miedo dormir en mi propia casa, y que el techo nos caiga encima", dice Tarik. "Me gusta el Líbano, pero ya no puedo vivir aquí. No hay trabajo, entonces ¿cómo voy a comer?", expresó.

En su barrio, Qarantina, uno de los más pobres de Beirut, donde viven muchos sirios, las huellas de la deflagración son profundas. Y las ayudas, muy escasas, dice la joven.

Su amiga Hana cuenta que "un camión vino a distribuir alimentos, pero decían: 'solo hay que darle a los libaneses'".

"Esclavas"

Unos 250.000 inmigrantes trabajan en Líbano, adonde llegaron gracias a un controvertido sistema de padrinazgo llamado "kafala", que les priva de las disposiciones del derecho laboral y permite a sus empleadores confiscar sus pasaportes.

Las empleadas extranjeras ganaban antes bastante dinero para enviar dólares a su familia. Pero muchas de ellas ya no son pagadas ahora, algunas son expulsadas a la calle, por lo que exigen ser repatriadas, como ocurrió con unas 30 gambianas que se manifestaron frente a su consulado.

"¡Queremos volver a nuestro país!", gritaban.

"Nuestro consulado no hace nada para repatriarnos", acusa Fatou Kanté. "Nadie tiene los medios para pagarse un boleto" de vuelta, se lamenta esta joven madre atrapada en Líbano, pues su empleadores no han financiado su regreso, como lo exige la ley.

"Somos tratadas como esclavas. El racismo es muy fuerte", afirma una compatriota, que prefiere no dar su nombre.

Junto a ellas, Zeina Ammar de la ONG Anti-Racism Movement (ARM) exhorta a estos países a "financiar su evacuación" y "proporcionar un salvoconducto a todos los trabajadores sin documentos", y también a las autoridades libanesas a presionar en este sentido.

"Limpiar las calles"

Los libaneses han compartido en las redes sociales videos de estas mujeres limpiando las calles después de la explosión, o de una de ellas salvando a un niño, en un elogio a su heroísmo pese a las discriminaciones.

Varias oenegés han destacado las dificultades para identificar a las víctimas inmigrantes. El ARM cifra en al menos una decena los inmigrantes muertos, muchos de los cuales no figuraron en una primera lista oficial.

Los trabajadores extranjeros "son sistemáticamente deshumanizados y marginados en Líbano, tanto en la vida como en la muerte" acusa la organización.

Decenas de exempleadas domésticas y algunos niños duermen desde el 10 de agosto ante el consulado de Kenia. Algunas han resultado heridas por la explosión y ya no tienen techo.

"He dado 600 dólares por un boleto de vuelta, pero no han hecho nada", denuncia una de ellas, de 21 años, y acusa, como las demás, al consulado de corrupción.

Pero el consulado asegura haber iniciado el procedimiento de repatriación, y que está dispuesto a financiar el retorno de las inmigrantes.