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Los birmanos volvieron a protestar el jueves en las calles del país pese al miedo, al día siguiente de la represión más sangrienta desde el golpe de Estado militar que dejó al menos 38 muertos, según la ONU.

En Rangún, la capital económica, se formaron pequeños grupos. "Estamos unidos", corearon los manifestantes, protegidos detrás de barricadas construidas con viejos neumáticos, ladrillos, sacos de arena, bambú y alambre de púas.

No lejos de allí, los comerciantes trataban de vender rápidamente su mercancía. "Es peligroso permanecer aquí. La policía y el ejército disparan también en las calles. Más vale regresar a casa y volver a salir de noche", contó a la AFP un vendedor de comida.

"Ayer fue un día horrible (...) Es muy triste constatar que el ejército birmano no ha cambiado" después de 60 años, dijo a la AFP la activista Thinzar Shunlei Yi, quien continuará protestando en San Chaung, un barrio de Rangún.

Los transeúntes caminaban sobre carteles del jefe de la junta Min Aung Hlaing, pegados en el suelo, un ardid para molestar a las fuerzas del orden que no osarán hacer lo mismo.

El ejército parece más determinado que nunca a apagar los vientos de revuelta que soplan en el país desde el golpe de Estado del 1 de febrero contra el gobierno civil de Aung San Suu Kyi.

"Todo va a ir bien"

El miércoles, las fuerzas de seguridad dispararon munición real en varias ciudades para dispersar las manifestaciones prodemocracia. La imágenes difundidas en las redes sociales muestran a manifestantes cubiertos de sangre y heridos de bala en la cabeza.

Al menos 38 personas perdieron la vida, según la emisaria de la ONU para Birmania, la suiza Christine Schraner Burgener.

Más de 50 civiles han muerto, así como un policía, y decenas han resultado heridos desde el golpe. Entre las víctimas, cuatro menores, entre ellos un adolescente de 14 años, según la oenegé Save the Children.

Los birmanos siguen enterrando a sus muertos.

Una muchedumbre se congregó el jueves en Mandalay, segunda ciudad del país, para los funerales de una joven de 19 años, muerta la víspera. "No habrá perdón para vosotros hasta el fin del mundo", coreó la muchedumbre, reunida en torno al féretro cubierto de flores.

Ma Kyay Sin se convirtió en un símbolo en el país. En una foto tomada poco antes de que un disparo acabara con su vida se la puede ver con una camiseta con un mensaje que se volvió viral en las redes sociales: "Todo va a ir bien".

El partido de Aung San Suu Kyi anunció que pondrá las banderas a media asta en respeto a los muertos.

- Washington "horrorizado" -
La violencia del miércoles volvió a suscitar la condena internacional.

El presidente francés, Emmanuel Macron, instó a la "suspensión inmediata de la represión" y el departamento de Estado norteamericano se dijo "horrorizado e indignado" por la violencia e instó a China a "ejercer su influencia" con los generales.

Pekín y Moscú, aliados tradicionales del ejército birmano en Naciones Unidas, no han condenado el golpe, al considerar que la crisis es un "asunto interno" del país.

El Reino Unido solicitó una nueva reunión del Consejo de Seguridad de la ONU el viernes.

Christine Schraner Burgener habló con la junta para advertirla de que Naciones Unidas "podría adoptar medidas importantes", para tratar de poner fin a la violencia.

También propuso viajar a Birmania, a lo que el ejército respondió que es la bienvenida, pero "no ahora".

La represión también tiene lugar en el terreno judicial.

Aung San Suu Kyi, que sigue detenida en un lugar secreto por el ejército, está acusada de cuatro delitos, entre ellos, "incitación a los disturbios públicos". El expresidente Win Myint está acusado, por su parte, de violar la Constitución.

Seis periodistas birmanos, entre ellos Thein Zaw, fotógrafo de la agencia estadounidense Associated Press (AP), están acusados de "propagar el miedo entre la población, difundir informaciones falsas (...) o incitar a los empleados del gobierno a la desobediencia". Se exponen a tres años de cárcel.

Cerca de 1.500 personas han sido detenidas, acusadas o condenadas desde el 1 de febrero, según una ONG de asistencia a los presos políticos, aunque el número puede estar muy por debajo del real.

Los militares ya reprimieron con sangre las últimas revueltas populares de 1988 y 2007.

El ejército, que refuta los resultados de las elecciones de noviembre que ganó por mayoría aplastante el partido de Aung San Suu Kyi, ha prometido una nueva elección, sin ofrecer fechas.