Jennifer Segura abre su corazón: “Permití demasiado por miedo a enfrentar la soledad”
En entrevista con este medio, la periodista dejó por unos minutos su rol como entrevistadora y habló sobre el proceso de reconstrucción personal que la llevó a replantear sus límites y prioridades.
Durante años, la periodista de Buen Día y Los Doctores, Jennifer Segura, ha sido quien formula las preguntas frente a las cámaras. Sin embargo, en esta ocasión decidió hacer una pausa en su rol habitual para abrir su historia personal y compartir con Teletica.com los episodios que marcaron su vida más allá de la pantalla.
En una conversación honesta y profunda con este medio, habló sobre el duelo tras la muerte de su madre, el impacto emocional que esa pérdida tuvo en sus decisiones y cómo el miedo a la soledad influyó en algunas de sus relaciones. Con serenidad y autocrítica, reflexionó sobre los aprendizajes que la llevaron a fortalecer su amor propio y establecer nuevos límites.
Segura también abordó su proceso en terapia, la importancia de la fe, el ejercicio como herramienta emocional y la etapa de conciencia en la que asegura encontrarse hoy. A sus 35 años, afirma estar en un momento de reconstrucción y claridad, decidida a elegir desde el amor y no desde el miedo.
—Para quienes no la conocen, ¿quién es Jennifer Segura? ¿De dónde viene, cuántos años tiene y cuáles son sus aspiraciones?
—Soy Jennifer y tengo 35 años (risas). Aunque nací en San José, crecí en zonas rurales del país debido al trabajo de mi papá, quien se dedicó a la administración de plantaciones bananeras. Eso me permitió vivir en distintas regiones y estudiar en centros educativos públicos de comunidades vulnerables. Siempre cuento esto con mucho orgullo, porque conozco de primera mano los esfuerzos del sistema educativo costarricense y el sacrificio que hicieron mis padres para sacarme adelante.
Mi escuela fue Cultives de Siquirres. A los 17 años me trasladé a San José para iniciar la universidad, una transición compleja que me obligó a madurar muy rápido. Estudié con un préstamo de Conape (Comisión Nacional de Préstamos para Educación), así que había un sentido de urgencia por salir adelante. Aunque contaba con el respaldo emocional de mis padres, sabía que el impulso principal dependía de mí.
Tengo un hermano menor, Malcom Segura Zamora, tres años menor que yo. Está próximo a casarse y tiene un hijo precioso, mi sobrino Samuel, que está por cumplir 5 años. Ser tía ha sido una experiencia hermosísima.
Hoy me considero una mujer de carácter fuerte, forjado por las circunstancias. He tenido que madurar en muchos aspectos desde pequeña, pero también soy muy sensible. Esa fortaleza me ha permitido ver las dificultades como oportunidades, y al mismo tiempo me ha hecho empática ante el dolor ajeno. El servicio siempre ha estado en mi ADN: de niña quería escribirle a La Nación para denunciar situaciones y dar voz a quienes no la tenían. Además, amo profundamente a los animales y la naturaleza; me conmueve la vida en todas sus formas.
—¿Dónde inició su carrera periodística y cuál ha sido su trayectoria profesional?
—Comencé a mitad de carrera universitaria. Una amiga me comentó que estaban buscando a alguien para deportes. Así inicié en la página y el programa Encuentro Deportivo de Yashin Quesada.
Luego pasé a RTN Noticias en Canal 13; posteriormente ingresé a Repretel, donde trabajé casi 12 años. Después me trasladé a Teletica, asumí un reto como gerente de Mercadeo en DEKRA y, más adelante, regresé a Teletica para liderar la revista matutina más importante del país (Buen Día).
En 2015 tuve la oportunidad de viajar a España y trabajar durante siete meses en Televisión Española, específicamente en el programa 24 horas, una experiencia que marcó profundamente mi vida.

—¿Qué significó esa etapa en España, tanto a nivel profesional como personal?
—Me fui pocos meses después del fallecimiento de mi mamá, así que fue una bendición y, al mismo tiempo, una especie de “curita emocional”. Profesionalmente fue impresionante: los procesos, las metodologías y el avance tecnológico eran muy distintos a los de Costa Rica en ese momento.
A nivel personal, extrañaba muchísimo a mi familia. Compartía apartamento con periodistas latinoamericanas y hacíamos todo lo posible por ahorrar para viajar. Fue una etapa de mucho aprendizaje, pero al regresar fue cuando realmente sentí el golpe de la ausencia de mi mamá. Con terapia he entendido que muchas emociones quedaron en pausa durante ese tiempo.
—Su mamá falleció en 2014. ¿Cómo era su relación con ella?
—Mi mamá, Maritza Zamora, falleció el 14 de noviembre de 2014, a los 54 años, debido a un cáncer de cérvix. Fue un proceso muy duro, un año de procedimientos y complicaciones que transformaron completamente su cuerpo y su energía.
Ella era mi mejor amiga, mi cable a tierra, mi voz de aliento. Cuando murió, sentí que me arrancaron el corazón. Perder a la mamá genera una sensación de desarraigo muy profunda; es como perder la raíz. En terapia he trabajado mucho esa idea de convertirme en la voz que antes era ella para mí.
Sé que no sería la mujer que soy hoy si no hubiera atravesado ese dolor. Su ausencia me obligó a crecer, aunque también tomé decisiones desde el miedo, buscando llenar el vacío.
—¿Cómo ha sido su proceso de duelo?
—No recuerdo un momento específico en el que me sentara a vivir el duelo. Al día siguiente de su fallecimiento ya estaba resolviendo asuntos prácticos. Luego vino la beca en España y todo fue muy acelerado. La vida continúa, el trabajo sigue, y sentí que no tenía otra opción que avanzar.
Hoy entiendo, gracias a la terapia, que no me di el espacio necesario para procesar. Me llené de actividades, relaciones y trabajo para no sentir el vacío. Cada persona vive el duelo como puede; en ese momento hice lo mejor que supe hacer. Ahora me siento privilegiada de poder revisar esas decisiones y evitar repetir patrones que no me hicieron bien.
—¿Desde cuándo asiste a terapia?
—Inicié pocos meses después del fallecimiento de mi mamá, aunque la dejé pensando que ya había resuelto todo. A lo largo de los años regresé en distintos momentos. Esta última etapa comenzó hace casi dos meses, con un objetivo claro: entenderme mejor, comprender mis decisiones y emociones.
La terapia me llevó nuevamente al origen del dolor y a reconocer cómo ese episodio ha influido en la mujer que soy hoy. Creo firmemente que el acompañamiento psicológico es un regalo que cualquier persona puede hacerse.
—Usted mencionaba que, tras la muerte de su mamá, tuvo relaciones que intentaban llenar ese vacío. ¿Podría ampliar sobre eso? ¿Qué dinámicas cree que le hicieron daño?
—No diría que fue una única relación. Y creo que esto aplica para todos: todos tenemos heridas de infancia, situaciones no resueltas que influyen en cómo nos conducimos por la vida.
Lo que hoy puedo ver es que, cuando enfrenté ese miedo profundo y brutal a estar sola, tomé decisiones desde esa herida. La Jennifer de 35 años observa a la Jennifer de 24 —11 años atrás— y se pregunta por qué permitió ciertas cosas. Pero sería muy fácil quedarme en el reproche. Más bien, hoy la miro con compasión y entiendo que hizo lo mejor que pudo con las herramientas emocionales que tenía.
No fue solo una relación de pareja. Hubo distintos espacios —personales, laborales, amistades— donde me desenvolvía de una forma que hoy no permitiría. Más que personas específicas, eran dinámicas que nacían del miedo a enfrentar la soledad. Aunque tenía familia, cada quien sigue su rutina, y cuando pierde esa “garantía de protección” que era mi mamá, se topa con una sensación muy fuerte de desamparo.
Hoy me siento orgullosa de poder ver eso con claridad y decirme: “Por ese camino ya no vamos más”. Es un proceso de reconstrucción, y para reconstruir primero hay que demoler creencias y patrones. Por eso inicié nuevamente terapia, no por alguien en específico, sino por un deseo genuino de conocerme y entenderme mejor.
Hay una psiquiatra española, Marian Rojas Estapé, que dice algo muy cierto: “Comprender es aliviar”. Cuando uno se entiende con compasión, pero también con determinación, logra aliviar el dolor y avanzar hacia nuevas formas de vivir.
—Si tuviera que recomendar una herramienta emocional para transitar la vida, sería, sin duda, el acompañamiento profesional. Tener a alguien que le escuche y le ayude a ordenar sus pensamientos es invaluable.
Mi psicóloga suele usar una pizarra mientras le voy contando lo que siento. Ella organiza las ideas y, cuando puedo ver todo desde afuera, dejo de sentirme sumergida en el problema. Logro desvincularme de la emoción inmediata y conectarme con una versión más consciente de mí misma.
Ha sido un proceso de vincularme con el amor propio, la compasión y el empoderamiento. Entender que actué como lo hice porque era lo que sabía en ese momento, pero que ahora, al conocerme más, puedo acercarme a la versión de mujer que deseo ser.
Uno de los temas que he trabajado recientemente es esa sensación de no merecer, el llamado “síndrome del impostor”. Mi terapeuta me hizo ver que la voz de validación que tenía era la de mi mamá. Cuando ella murió, esa validación desapareció. Entonces el ejercicio fue empezar a escribir cómo sonaría hoy mi mamá alentándome, pero usando mi propia voz. Es un proceso de convertirme en esa voz que antes venía de afuera.
Espero no abandonar la terapia cuando me sienta mejor. Creo que el aprendizaje es entender que no se trata solo de resolver crisis, sino de profundizar constantemente en el alma, la mente y el corazón.

—Siempre se le ve sonriente y alegre. ¿De dónde proviene esa fuerza? ¿Alguna vez se ha apagado esa sonrisa?
—Claro que sí, como a todos. Un amigo me dijo una vez que yo tenía una “sonrisa valiente”, y esa frase se me quedó grabada. A veces sí es una sonrisa valiente. Hay días difíciles, días sin energía, pero creo que es un asunto del alma y de fe.
No puedo desligar mi fortaleza de mi relación con Dios. Hay momentos en que las cosas no salen como quisiera, pero vuelvo a agradecer, a recordar mis bendiciones, y eso me devuelve la perspectiva. Es como decirme: “Aterrícese, recuerde su propósito”. Entonces la sonrisa regresa, quizá no perfecta, pero sí auténtica.
—¿Cuáles han sido sus principales escapes o herramientas para sobrellevar los momentos complicados?
—El ejercicio, sin duda. Y lo digo con total honestidad: no entreno solo por un tema estético, sino por cómo me siento después. Muchas veces no tengo ganas de ir, pero sé que al terminar mi mente estará más ligera. Está comprobado científicamente que el ejercicio libera endorfinas y mejora el estado de ánimo.
Además, el tipo de entrenamiento que practico —clases funcionales en grupo— se ha convertido en una comunidad. Es un espacio donde no se habla de trabajo ni de problemas externos, sino de conectar con el presente. Al compartir ese momento con personas que también buscan sentirse mejor, se crean vínculos muy genuinos.
Más que un escape, el ejercicio se transformó en un sostén emocional y en un círculo de apoyo que valoro profundamente.

—¿En qué momento de su vida siente que está actualmente?
—Si no dijera esto, no sería la mujer empoderada que hoy me siento: estoy en el mejor momento de mi vida. Y probablemente en unos años volveré a decir lo mismo, porque cada etapa trae un nuevo nivel de conciencia.
Hay una frase que dice: “Nunca va a estar tan joven como hoy”. Y yo creo que aplica para todo: nunca va a estar tan viva, tan consciente como ahora. Si uno sigue trabajando en sí misma, cada vez habrá más claridad, pero lo único garantizado es este presente, este instante.
Le decía a una amiga que me siento como si tuviera un lotecito. Durante mucho tiempo ese terreno estuvo lleno de matas, de maleza, de cosas sembradas desde el miedo. Poco a poco fui limpiándolo. A veces dejaba crecer algo que no era bueno, hasta que entendía que debía arrancarlo. Hoy, a mis 35 años, siento que la tierra está lista para sembrar desde el amor y no desde el miedo. Estoy en una etapa muy bonita para elegir bien qué entra en mi terreno y qué no.
—¿Qué tanto ha cambiado la Jennifer que perdió a su mamá respecto a la Jennifer que es hoy?
—Ha cambiado muchísimo. Es brutal. Conservo la esencia que heredé de mi mamá: la amabilidad, el servicio, la dulzura. Pero ahora también sé poner límites. Sé decir que no. Sé tomar decisiones más rápido y caminar con mayor determinación.
El dolor me dio herramientas, experiencia y sabiduría. Si no hubiera atravesado todo eso, no sería la mujer que soy hoy ni podría acompañar a otros desde la empatía.
—¿Dónde se ve en cinco años, a nivel profesional y personal?
—En lo profesional, quiero seguir construyendo carrera en el área en la que estoy, desarrollando proyectos desde su nacimiento hasta su consolidación. Me encanta la televisión y la comunicación; quiero poner aún más al servicio de la gente los dones y talentos que Dios me ha dado.
Me gustaría retomar mi pódcast, ampliar las asesorías que ya ofrezco y apoyar a otros a construir sus sueños. Creo que cuando uno crece, también puede impulsar a los demás, y eso construye comunidad.
En lo espiritual y emocional, me veo evolucionando aún más. Cuanto más me trabajo, más inevitable es el crecimiento y la conexión con Dios y con mi propósito. Cuando uno vive en coherencia, está destinado a experimentar coherencia.
—¿Cuáles son sus anhelos personales? ¿Se visualiza casada o siendo madre?
—En este momento estoy profundamente enamorada del presente. Existe mucha presión social sobre la mujer después de cierta edad, pero mis sueños de niña nunca estuvieron exclusivamente ligados al matrimonio o la maternidad.
He tenido metas que he ido postergando con los años, pero hoy no quiero tomar decisiones desde el miedo ni desde lo que se espera de mí. Me siento plena con la Jennifer que soy.
También me he vuelto más selectiva con quién tiene acceso a mi energía. Creo en la reciprocidad: rodearme de personas que estén dispuestas a dar lo mismo o más de lo que yo doy. Estoy abierta a lo que Dios y la vida quieran traer, pero con claridad absoluta de quién soy hoy.

—Para cerrar, ¿qué le diría a la Jennifer de hace 12 años? ¿Y qué consejo daría a alguien que atraviesa un momento difícil?
—Le diría que se dé tiempo. Que permita que duela lo que tenga que doler. Los dolores se transforman, se aprenden a manejar. Hay una frase en inglés que me gusta mucho: this too shall pass —esto también va a pasar—.
Aplica para lo doloroso, pero también para lo hermoso. Todo es transitorio, por eso hay que abrazar el presente con intensidad. Rodearse de las personas correctas, cuidar lo que se escucha y lo que se dice, porque las palabras tienen poder.
Buscar ayuda profesional no debería ser un tabú; la terapia es un regalo de autoconocimiento y empoderamiento. Y, para quienes creemos, confiar en Dios es fundamental. He aprendido que existe un amor incondicional que sostiene incluso cuando creemos que no podemos más.
A lo largo de la entrevista, la comunicadora dejó ver a una mujer que ha transformado el dolor en aprendizaje. Reconoce que las heridas no desaparecen, pero sí pueden resignificarse cuando se enfrentan con honestidad y acompañamiento profesional."No estamos solos. Hablar, pedir ayuda, tener paciencia y confiar: todo pasa. Y mientras pasa, también nos transforma", terminó la comunicadora.

