Reseña: así reinventa ‘La posesión de la momia’ a un monstruo clásico del cine
Lejos del espectáculo de 'The Mummy', la nueva cinta convierte a la momia en un reflejo del trauma emocional y la fragilidad del núcleo familiar.
Redacción: Vinicio Hernández.
La nueva apuesta del director Lee Cronin, La posesión de la momia (2026), marca un giro radical en la forma de entender a uno de los monstruos más clásicos del cine.
Distanciándose del cine de acción y fantasía que definió a The Mummy, esta versión se adentra en un terreno más oscuro: el horror psicológico. Más que una historia de terror sobrenatural, la cinta funciona como un estudio incómodo sobre el duelo, la culpa y la fragilidad emocional del núcleo familiar.
Bajo esta apariencia, articula un discurso profundamente psicológico donde el verdadero monstruo no es la momia, sino aquello que regresa con ella: lo no resuelto. La historia abandona las tumbas y las maldiciones ancestrales para centrarse en una narrativa de posesión que recuerda a títulos como Hereditary o The Exorcist.
Aquí, el mal no es un enemigo externo que se combate, sino una presencia que se infiltra en el núcleo familiar. El eje emocional más potente de la película es la descomposición del vínculo familiar. Lo que debería ser un momento de redención —el regreso de la hija— se transforma en un proceso de alienación progresiva.
Cronin apuesta por una atmósfera inquietante y un uso intenso del body horror. Aunque la película incluye elementos de horror corporal y visual —propios de su estilo—, su verdadero impacto reside en el desgaste emocional.
El cuerpo poseído funciona como una extensión de la psique rota: la deformación física refleja el trauma interno. No es casual que la transformación de la niña sea gradual; es el mismo ritmo con el que la familia se desintegra emocionalmente.
Con esta entrega, el icónico monstruo deja de ser una figura exótica del pasado para convertirse en una entidad íntima y perturbadora. La “posesión” sustituye a la “maldición”. Y eso lo cambia todo.
Una propuesta sólida dentro del terror contemporáneo, que destaca más por su exploración de la psique familiar que por sus sustos, y que confirma que el horror más efectivo sigue siendo el que nace desde adentro.

