¿Qué puede aprender la industria musical tica sobre el fenómeno Bad Bunny?
El puertoriqueño es el artista más escuchado del mundo en Spotify. En 10 años pasó del anonimato al éxito total.
El fenómeno global de Bad Bunny no solo ha redefinido los récords de consumo en plataformas digitales, también ha provocado una conversación profunda sobre los modelos de éxito dentro de la industria musical latinoamericana.
Su ascenso abre una pregunta inevitable: ¿qué puede aprender la industria musical costarricense de su caso?
Para el periodista especializado en entretenimiento Carlos Soto, de la revista digital LaNecedad.com, una de las principales lecciones está en la autenticidad. Según explica, muchos artistas cometen el error de “aplanar” su propuesta para intentar gustarle a todo el mundo.
“Entre más la gente hace un producto más plano, más beige, para tratar de calzar con todo, es más difícil que salga”, señala.
Soto considera que el éxito del artista puertorriqueño se sostiene precisamente en lo contrario: en abrazar su origen sin filtros. El uso de modismos boricuas, referencias geográficas locales y códigos culturales propios no limitaron su alcance internacional; lo potenciaron.
“Usando lenguaje de Puerto Rico, la vestimenta de allá, hablando de los lugares que conoce, es como se ha dado a conocer afuera”.
El periodista pone ejemplos locales donde esa autenticidad ha funcionado, citando propuestas que narran realidades costarricenses desde lo cotidiano, como el caso de Toledo y la canción El Zarpe.
“Si los artistas copian cómo hablan los argentinos o lo que dicen los puertorriqueños, eso no tiene sentido. La autenticidad es muy difícil de ver ahí”.
Incluso, advierte sobre la tendencia de algunos músicos a componer en inglés sin dominar el idioma como lengua creativa principal, lo que —a su juicio— resta identidad y conexión emocional con el público.
Otro de los puntos que Soto subraya es el modelo de negocio. Aunque el artista trabaja con acuerdos de distribución y publishing, mantiene un control directo sobre su carrera y sus ingresos.
“Puede dominar la industria sin estar enquistado en la industria”, resume, aludiendo a su capacidad de negociar regalías, distribución y exposición digital sin depender totalmente de grandes corporaciones.
Desde la óptica de Julián Villalta, director discográfico y productor musical, la principal enseñanza no es estética ni comercial, sino estructural: la colaboración.
Villalta, quien por más de quince años trabajó en Warner Music y desarrolló proyectos junto a artistas como Piso 21, Pablo Alborán, Bruno Mars, Ed Sheeran o Jesse y Joy asegura que el crecimiento de movimientos musicales sólidos en países como Colombia o Argentina responde a dinámicas colectivas más que a factores de mercado o tamaño poblacional.
“Aquí hay muchos círculos, pero no una unión real”, afirma.
Para el productor, el ego dentro de las escenas centroamericanas limita el desarrollo de una industria robusta. A diferencia de lo ocurrido en Puerto Rico, donde los artistas crecieron como colectivo, en Costa Rica predominan dinámicas competitivas.
“Cuando a uno le va bien, no le gusta que al otro le vaya mejor. Ese egocentrismo no nos deja crecer como industria”.
Según explica, el caso de Bad Bunny no puede entenderse sin su ecosistema: productores, colaboradores y artistas que se impulsaron mutuamente desde etapas tempranas y luego escalaron juntos mediante colaboraciones estratégicas.
Villalta también apunta a la necesidad de políticas culturales y formación estructural para fortalecer la industria musical.
“Tiene que haber educación desde las bases… planes estructurales para desarrollar una industria”, afirma.
En su criterio, el impulso no depende exclusivamente de inversión económica, sino de articulación entre sector público, medios de comunicación y actores privados para posicionar la música como marca país, replicando modelos aplicados en otras naciones latinoamericanas.
Asimismo, cuestiona la idea de que el crecimiento dependa únicamente de la radio tradicional. Aunque sigue siendo relevante, considera que las estrategias deben adaptarse a los hábitos de consumo digital de las nuevas audiencias, especialmente en plataformas de streaming y redes sociales.

