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Game of Thrones: "The Iron Throne" (Episodio 06)

Tras ocho temporadas la serie llegó a su fin

20/5/2019 12:47

Por Pablo Vargas para Teletica.com | [email protected]

Pocas son las obras maestras como 'Los Soprano', 'Breaking Bad' y 'The Wire' que pueden presumir de haber construido sublimes obras maestras de principio a fin, a través de historias que siempre lograron encontrar el punto de equilibrio para cerrar cada cabo suelto antes del gran final. El grueso de producciones televisivas se encuentra en esa categoría nada despreciable de producciones que lograron marcar finales imperfectos pero acordes con la lógica de su propio universo. Y luego, existen series de televisión que destruyen todo cuanto encuentren a su paso en el afán de sorprender al espectador, por el sólo hecho de sorprenderlo.

Tras el final de su octava -y última temporada-, no queda la menor duda de que 'Game of Thrones' ha hecho todos los méritos propios para colocarse en esta última categoría. Su estrepitosa caída en la hora buena no deja más que un agridulce sabor al visualizar como la producción de David Benioff y D. B. Weiss contaba con todos los recursos para convertir la adaptación de la 'Canción del Hielo y el Fuego' en una de las mejores series en la historia de la televisión. Y, sin embargo, episodio tras episodio, sus creadores no han hecho más que precipitarse en decisiones claves para encender lo más pronto que puedan la pira funeraria de su propia producción y dejar que su obra se consuma lentamente.

La barbarie retratada en una ciudad completamente en ruinas lleva a Tyrion a chocar con la realidad de que no hay nada que pueda salvar a Daenerys en su descenso en la locura. Los restos de Jaime y Cersei abrazados de forma poética no hacen más que quebrar el último tramo de fe y esperanza de un mundo mejor. En medio del discurso de victoria, Tyrion confiesa "la traición" que ha hecho la Mano de la Reina, siendo arrestado y condenado a muerte, en unos 45 minutos retratados con pereza y alargando lo más posible los minutos con el único objetivo de mostrar que la locura de Daenerys es real, incurable e insalvable, por lo que aquel que decida matarla, estará libre de pecado delante de la audiencia.

Arya es la primera en notarlo y el diálogo entre Tyrion y Jon es de los puntos más altos en esta lucha por la justificación de nuestros pecados. Conscientes de sus premuras y falencias narrativas a lo largo de la temporada, David Benioff y D. B. Weiss,  tratan de justificar el cambio drástico de Daenerys (nuevamente, en tan sólo 4 episodios) al arrojar actos puntuales de la Khaleesi como señales de su descenso a la locura, un recurso que falla a la premisa de mostrar y no explicar; quizás si hubiesen mostrado una sola vez que estos actos fueron detonantes críticos en su evolución y no casos de éxito en su camino en pro de gobernar y no conquistar, el golpe sorpresa no se hubiese mancillado tanto.

A lo largo de siete temporadas, 'Game of Thrones' siempre mostró las decisiones internas que llevaron a cada consecuencia, sin importar lo lamentables que fueran. No obstante, en un recurso bajo y barato, los guionistas nos alejan completamente de los pensamientos de la 'Reina Loca' para justificar su descenso en la locura. A lo largo de esta última temporada, nunca vemos a la locura apoderarse de su mente. Nunca vemos el remordimiento, el miedo retratado a lo largo de ocho años, de convertirse en la encarnación de padre. Nada de esto sucede. Los guionistas simplemente le llevan a la fuerza del punto A al punto B (nuevamente no es el fondo, sino la forma en que sucede), arrebatando completamente la voz y voluntad del personaje en el proceso, todo con el fin de convencer al espectador de que el destino de Jon es hacer "sacrificio máximo" y tomar la vida la mujer que ama en sus manos, pues Daenerys no tiene arreglo... sin dejar el tiempo para demostrarlo.

Así, cuando Daenerys se entrega completamente en los brazos del segundo hombre a quien ha amado, Jon cumple la profecía. "Tres traiciones conocerás. Una por sangre, otra por oro y otra por amor...”. Sin decir una palabra, Jon clava a traición su espada en el corazón de la Khaleesi en su momento de mayor confianza y vulnerabilidad tras suplicarle que le ayude a construir un futuro mejor. La escena intenta con todas sus fuerzas retratar una pizca de emotividad y empatía, pero fracasa completamente -en parte por el limitado rango de actuación de Harrington-, mientras la mirada de tristeza de Daenerys se pierde en el firmamento, tras ser burdamente utilizada y traicionada por cada una de las personas que le rodearon.

En uno de los simbolismos más obvios -y al mismo tiempo inexplicables-, de la serie, Drogon atestigua la muerte de su madre y trata de despertarla -dolorosa referencia a Mufasa-, perdona a Jon y empatiza con el "sacrificio" que el amor de la vida de Daenerys tuvo que hacer para salvarle de sí misma. Como si la propia bestia mitológica hubiese entrado en un estado de consciencia, Drogon estalla en furia y dolor, quemando hasta los cimientos el Trono de Hierro, ese que tantas vidas arrebató y cuya obsesión por poseer terminó costó la vida a la madre de los dragones, llevándose el cuerpo sin vida de Daenerys entre sus garras a un lugar y destino completamente incierto.

Tras un corte abrupto, el epílogo de la serie empieza con premura su marcha final y las ambigüedades vuelven a estar a la orden del día. Todo el esfuerzo de Daenerys por romper la rueda, no hace más que restablecerla, reafirmarla y volver toda la historia a su punto de origen. Tyrion, prisionero por traición, logra librar su propia muerte en un juicio improvisado con los lords y ladies de Poniente, encamina al consejo para que el 'Cuervo de Tres Ojos' sea coronado Rey de los Siete Reinos, una decisión aclamada por unanimidad, eligiendo a Tyrion como su mano derecha.

Magistralmente y de forma implícita, todo parece indicar que George R.R. Martin -a quien HBO obligó por contrato a tener el mismo final en la serie y los libros-, nos pintó la cara al retratar en una sola frase al 'Cuervo de Tres Ojos' como la mente maestra de todo el Juego de Tronos. Sobre el mismo, el misterio es enorme y hay más preguntas que respuestas, pero su designación abre un camino de teorías que esperamos sean contestadas en los libros del escritor norteamericano.

Con la coronación del 'Cuervo de Tres Ojos' como Rey de los Seis Reinos, la historia avanza con premura y los productores nos regalan una grata imagen para la galería con la rectificación de la leyenda de Sir Jaime Lannister en manos de Sir Brienee de Tarth; Sansa apela su derecho a independencia y es coronada como Reina de Winterfell; Arya decide dejar todo atrás y partir a descubrir el mundo -hermosa auto referencia a la propia historia del personaje-; Sam es nombrado Gran Maestre y Jon es condenado a vivir en el exilio nuevamente como Guardián del Muro; el 'Cuervo de Tres Ojos' decide buscar a Drogon; Bron es nombrado Señor de Alto Jardin y Tyrion cierra con una historia que nadie puede escuchar; mientras que Jon es condenado por sus crímenes al exilio del muro, donde se reencuentra con Ghost y Tormund, escapando de su destino y siendo lo que siempre quiso ser: nadie.

Con la anécdota sin terminar de un burdel, una burra y un panal, la serie se despide en un mar de dudas, incoherencias, aciertos y múltiples interrogantes. Muchos amarán este final. Y muchos otros lo odiarán. Nosotros, quedamos en un punto intermedio. El destino siempre fue claro, nuestra mayor queja no gira entorno a eso, sino se basa en camino acelerado que tomaron sus productores -quienes rechazaron la posibilidad de hacer la serie en diez temporadas para tomar el contrato y dirigir tres películas de Star Wars-, una decisión de peso le costó a David Benioff  y D. B. Weiss la posibilidad de consagrar a 'Game of Thrones' como una de las mejores series en la historia de la televisión, para filmar una temporada que siempre bailó entre lo épico y lo lamentable, pero que al final no empaña la experiencia global de una gran historia, que tantas lágrimas y sonrisas regaló, y que siempre llevaremos en la memoria.

Calificación: 6/10