Lenta agonía: Cuba, de apagón en apagón
Yoani Sánchez describe en su columna cómo se ha depauperado la realidad de los cubanos tras el estrangulamiento petrolero impuesto por Trump.
En menos de una semana, los cubanos estamos viviendo el segundo apagón total.
Este sábado 21 de marzo, las lámparas se apagaron pasadas las 6:30 de la tarde y un murmullo de malestar recorrió la ciudad. Sin electricidad, la vida cotidiana se hace más complicada en un país donde todos parecen haber entrado en modo supervivencia.
Nada más irse la corriente, comienza la carrera para salvar los alimentos que llevan refrigeración y almacenar agua, mientras todo el país espera a que restablezcan el Sistema Electroenergético Nacional.
Peor situación tras la caída de Maduro
Nuestra vida se ha convertido en ciclos de luz y oscuridad. Al mal estado de las termoeléctricas y al deterioro de la red de distribución se ha sumado la casi nula entrada de combustible al país desde hace más de dos meses.
Tras la captura de Nicolás Maduro, el flujo del crudo venezolano se cortó y la situación empeoró, aún más, cuando Donald Trump firmó una orden ejecutiva que amenaza con aranceles a aquellos países que vendan petróleo a Cuba. Pero el colapso que vivimos hoy venía cocinándose hace décadas.
La falta de inversiones en el sector energético se ha traducido en plantas envejecidas, piezas de repuesto que no llegan y mantenimientos que se posponen una y otra vez.
Durante años se estiró la vida útil de instalaciones que ya habían cumplido su ciclo, mientras se confiaba en que el combustible seguiría llegando a manos llenas desde Caracas y en que la demanda no crecería al ritmo actual. Hoy, esa combinación de desgaste técnico y escasez de recursos ha terminado por pasar factura.
Crece la indignación
En los barrios, el apagón nacional se siente primero como una sorpresa y luego como una rutina. La gente sale a los portales con los teléfonos en la mano, tratando de confirmar si se trata de un corte local o de una caída general. Cuando alguien logra captar señal, la noticia corre rápido: el país entero está a oscuras otra vez. Entonces comienza la resignación. Se encienden velas, se buscan linternas, se improvisan fogones y se reorganiza la noche.
Los más viejos recuerdan los años duros del Período Especial y dicen que aquello, al menos, tenía una explicación clara. Hoy la incertidumbre pesa más que la falta de energía. Nadie sabe cuánto durará el apagón ni cuándo llegará el próximo. Las autoridades anuncian esfuerzos y prometen soluciones, pero en la práctica el sistema eléctrico sigue funcionando al límite, sostenido por remiendos y por sus exhaustos trabajadores.
Mientras tanto, la rutina doméstica sufre otro golpe. Sin electricidad se paraliza el bombeo de agua, se detienen los negocios, se pierden alimentos y se multiplican los gastos. Cada apagón deja una factura invisible que se acumula en los hogares: comida echada a perder, equipos dañados y horas de trabajo perdidas. En las noches, los cacerolazos de protesta cada vez son más frecuentes y la indignación popular está aumentando de volumen.
Así, entre la oscuridad y la espera, el país avanza a tientas. Los cubanos hemos aprendido a vivir pendientes del sonido de un ventilador que vuelve a girar o de un bombillo que se enciende de repente. Ese instante, breve y frágil, se ha convertido en la señal de que algo parecido a la normalidad, aunque sea por unas horas, ha regresado.

