Por Deutsche Welle 5 de marzo de 2026, 8:39 AM

A pesar de las muchas evaluaciones críticas que han diagnosticado un importante avance de Irán en América Latina, su presencia en la región se ha caracterizado, si se observa en una perspectiva histórica a largo plazo, como bastante endeble.

Las relaciones diplomáticas eran principalmente formales y se limitaban a pocos países, con embajadas en Argentina desde 1902, Brasil y Uruguay desde 1903, México desde 1937 y Venezuela desde 1947.

Es desde el establecimiento de la República Islámica de Irán en 1979 cuando se dinamizaron las relaciones, sobre todo durante el Gobierno de Mahmud Ahmadineyad (2005-2013), cuando se pudo observar una nueva forma de acercamiento iraní a América Latina, con la reapertura de embajadas en Chile, Colombia, Ecuador, Nicaragua y Uruguay, y el establecimiento de relaciones con Bolivia.

Pero esta ampliación de la presencia no solo llevó a críticas en el hemisferio occidental, especialmente en EE. UU., sino que también en Irán se criticó la inversión diplomática realizada en América Latina por considerarla contraproducente, ya que suponía un gran esfuerzo sin garantizar resultados claros.

El eje Caracas-Teherán

Desde la cofundación de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) en la década de 1960, las relaciones entre Irán y Venezuela han sido las más intensas de la región.

Posteriormente, estas relaciones se convirtieron en una alianza política, impulsada por la designación de EE. UU. como principal enemigo de Irán, debido a las sanciones impuestas a su programa de energía y armamento nuclear.

En el marco de una cumbre de la OPEP organizada en Caracas en el año 2000, unos meses después de la llegada de Hugo Chávez al poder en Venezuela, se establecieron los primeros canales de comunicación más profundos. Irán logró expandir su red de contactos en la región de la mano del presidente venezolano, especialmente al profundizar sus relaciones con Ecuador, que volvió a ingresar en la OPEP en 2007 bajo el mandato de Rafael Correa, y con Bolivia, durante la presidencia de Evo Morales.

Ese mismo año, con el aumento de la proyección internacional de Chávez, Irán se integró en la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), creada por iniciativa de Venezuela para construir un proyecto político alternativo a los tratados de libre comercio que EE.UU. trataba de impulsar en la región.

En los años posteriores, el eje Caracas-Teherán se ha ido transformando en un engranaje funcional para evadir sanciones, proyectar influencia y abrir un frente asimétrico contra la presencia de EE. UU., Europa e Israel en el hemisferio occidental.

Con su típica grandilocuencia, Hugo Chávez declaró durante uno de sus múltiples viajes a Teherán: "Aquí hay dos países hermanos, unidos como un solo puño". Sin embargo, a pesar de la gran cantidad de acuerdos firmados y de la intensa relación retórica entre Irán y Venezuela, los porcentajes de inversión económica han sido muy bajos.

Las coincidencias en el antinorteamericanismo dominaron la relación, que se extendió a cuatro grandes dimensiones: cooperación en materia de energía y petróleo, en la que se buscaba la participación iraní en la explotación de crudos extrapesados de la Faja del Orinoco; solidaridad autocrática para controlar y reprimir a la oposición interna; cooperación militar y armamentística, y finanzas ilícitas, especialmente a través de instituciones bancarias binacionales que operaban como vehículo para evadir sanciones económicas internacionales aplicadas a los dos gobiernos.

Hasta la fecha se realizaba un trueque de oro por gasolina, la transferencia de recursos estratégicos venezolanos a Irán a cambio de asistencia técnica (por ejemplo, en la industria láctea, con la transferencia de empresas venezolanas en comodato a empresarios iraníes) e incluso cooperación militar, especialmente en cuanto a drones se refiere. Además, la oposición venezolana siempre ha denunciado la existencia de una red de pasaportes venezolanos expedidos a ciudadanos de Irán y otros países cercanos al Gobierno de Teherán, algunos de los cuales tendrían presuntos vínculos con las organizaciones terroristas Hezbolá y Hamás, un tema que siempre se ha movido entre el alarmismo y la subestimación en la región.

La difícil relación con Argentina

Las relaciones diplomáticas con Argentina se han ido complicando siempre de nuevo debido a las acusaciones vertidas contra Irán tras los atentados perpetrados por grupos chiíes contra la embajada de Israel en Buenos Aires en 1992, y contra el centro judío AMIA (Asociación Mutual Israelita Argentina) en 1994, con un balance de 85 muertos y centenares de heridos.

Se señalaron posibles conexiones con actividades terroristas de Irán y, a pesar de la continua resistencia de Teherán a colaborar en el esclarecimiento de los hechos y la persecución de los delincuentes implicados, se encontraron pruebas contundentes.

Las tensas relaciones diplomáticas entre Buenos Aires y Teherán no han sido un obstáculo para el sostenido aumento de las exportaciones argentinas; sin embargo, la dinámica del intercambio comercial no ha contribuido a mejorar las relaciones irano-argentinas debido a la falta de comunicación en el ámbito político.

El tema nuclear

Para Irán, el programa nuclear ha sido un motivo para expandir sus relaciones con América Latina, con el fin de aumentar su reconocimiento internacional como potencia regional y romper el aislamiento internacional al que estaba sometido por su programa de enriquecimiento de uranio y el temor internacional ante su intento de construir el arma atómica.

En la búsqueda de una solución diplomática al problema planteado por su programa nuclear, han participado también gobiernos de la región. En 2010, aprovechando su emergencia geopolítica en el Gobierno del presidente Lula da Silva, Brasil —por cierto, el socio comercial más importante de Irán en la región— intentó mediar en el conflicto nuclear iraní en concertación con Turquía.

Sin embargo, estos esfuerzos no dieron fruto y fueron desautorizados por Washington. No obstante, a pesar de su postura cautelosa en lo político con Teherán, Brasil no se opuso a la incorporación de la República Islámica al BRICS, la alianza de los principales países en desarrollo, en enero de 2024.

Con la captura de Nicolás Maduro en Venezuela y la guerra actual entre Israel y EE. UU. contra el régimen iraní se plantea la cuestión de quién llenará el vacío que deja la ausencia de Irán en la región, especialmente con aquellos países que mantuvieron una relación más cercana con Teherán.

La hipótesis de que China podría ser el actor que saldría ganando de esta situación, solo se hará realidad si EE. UU. no está interesado en generar una cooperación más fructífera con los países de la región a un nivel más simétrico y con menos amenazas. Una vez más, Washington tiene la oportunidad en sus manos, pero hay muchas dudas sobre su voluntad de aprovecharla.

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