Por Deutsche Welle 23 de febrero de 2026, 16:00 PM

En enero de este año, Dario Amodei, director ejecutivo de Anthropic —la empresa detrás de Claude, uno de los modelos de inteligencia artificial (IA) más avanzados del mundo— publicó un ensayo titulado "The Adolescence of Technology” (La adolescencia de la tecnología). En él, el autor destaca que la inteligencia artificial ya participa en su propio desarrollo. En Anthropic, la IA escribe una parte sustancial del código con el que se entrenan los nuevos modelos. "Este ciclo de retroalimentación cobra impulso mes a mes”, escribe, "y puede que solo falten uno o dos años para que la generación actual de IA construya la siguiente de forma autónoma”.

Amodei advierte que este crecimiento sostenido y acelerado de las capacidades cognitivas de la IA se está convirtiendo en un desafío civilizatorio. Los riesgos que identifica son múltiples y graves: disrupciones económicas y laborales profundas y aceleradas; posible autonomía impredecible de sistemas superinteligentes; erosión del sentido de propósito y del valor del esfuerzo humano; instrumentalización de la IA por parte de regímenes autoritarios para consolidar su poder; y el posible uso malicioso de esta tecnología para causar daños a gran escala. "La humanidad está a punto de recibir un poder casi inimaginable, y no está claro si nuestros sistemas sociales, políticos y tecnológicos poseen la madurez necesaria para ejercerlo”, sentencia Amodei.

Sobre este telón de fondo, Matt Shumer —inversor y cofundador de OthersideAI, la empresa detrás de HyperWrite— acaba de publicar un artículo que se volvió viral, con más de 80 millones de visualizaciones en plataformas como X. El ensayo, titulado "Something big is happening in AI — and most people will be blindsided” ("Algo grande está ocurriendo en la IA —y la mayoría será tomada por sorpresa”), sostiene que existe una brecha muy significativa entre las capacidades reales de los modelos actuales de IA —y su potencial disruptivo— y la percepción pública sobre esta "explosión de inteligencia”, donde la IA se autoacelera y se automejora.

Esta desconexión, advierte Shumer, no es trivial: es peligrosa. Al subestimar la velocidad de cambio y la magnitud del impacto, personas y organizaciones postergan la adaptación necesaria ante un horizonte de transformación que, según estimaciones del sector, podría materializarse en uno a cinco años. Por ello, recomienda asumir que la disrupción ya está aquí y comenzar a usar de manera intensiva las herramientas de IA avanzadas, integrándolas al trabajo cotidiano. Su consejo es claro: adaptarse cuanto antes, experimentar y aprender mientras la tecnología aún está en rápida evolución, "porque la ventaja pertenecerá a quienes logren reducir la brecha entre lo que la IA puede hacer y la manera en que efectivamente la usan”.

Las recomendaciones de Shumer podrían resultar razonables para trabajadores en economías avanzadas. Sin embargo, en gran parte de América Latina existen condiciones estructurales que dificultan en alto grado que el trabajador, aunque esté motivado, pueda cerrar esa brecha por sí solo.

Alto interés ciudadano vs. escaso sentido de urgencia gubernamental

Uno de los principales hallazgos de la tercera edición del Índice Latinoamericano de Inteligencia Artificial (ILIA 2025), elaborado por el Centro Nacional de Inteligencia Artificial de Chile con el apoyo de la CEPAL, confirma una tendencia ya visible en 2024: existe una profunda brecha entre el interés creciente de la ciudadanía por la IA y la escasa urgencia con que los gobiernos están construyendo las capacidades institucionales necesarias para apoyarlo y aprovecharlo. Los gobiernos actúan como si hubiera tiempo de sobra, justo cuando las ventanas tecnológicas comienzan a cerrarse.

Los datos son elocuentes: América Latina concentró entre el 15% y el 20% de las descargas globales de aplicaciones de IA Generativa durante el primer semestre de 2025, posicionándose como la tercera región del mundo en su uso, con Chile, Costa Rica y Perú entre los de mayor adopción.

Pero este entusiasmo contrasta con la lentitud gubernamental. Dos años después de haber sido suscrita la Declaración de Santiago de 2023, más de la mitad de los países (10 de 19) aún no cuentan con una estrategia nacional de IA. Incluso entre aquellos que la tienen, solo unos pocos han asignado presupuesto, definido planes de implementación o establecido indicadores de impacto. Al mismo tiempo, ningún país de la región supera el promedio mundial de inversión en IA sobre PIB per cápita; de hecho, el promedio regional es seis veces inferior a ese umbral.

Para el trabajador latinoamericano que quiera seguir el consejo de Shumer, la debilidad de las políticas públicas en la región es un lastre: sin inversión, sin infraestructura, sin programas de formación y sin un marco institucional que facilite el acceso, adoptar la IA deja de ser una decisión personal para convertirse en un privilegio de quienes ya cuentan con conectividad, educación y empleo formal.

Esa es la realidad que documenta ILIA 2025 en la región: una brecha urbano-rural de más de 30 puntos porcentuales en acceso a banda ancha y que más de la mitad de los países (11 de 19) se ubican por debajo del umbral crítico de infraestructura —conectividad, cómputo, dispositivos— necesarios para implementar la IA avanzada. A ello se suman las limitadas posibilidades de capacitación en IA: la formación escolar apenas incorpora la IA en muy pocos países; la oferta posgrados es insuficiente; los cursos de recapacitación son escasos; las empresas no ofrecen rutas claras de aprendizaje; y la fuga de talento que sufre la región reduce aún más la disponibilidad de especialistas capaces de formar a otros.

Alto interés ciudadano vs. escasa integración de la IA en las empresas

El alto interés ciudadano en la región por la IA también contrasta con la escasa integración de esta tecnología en los procesos centrales y en las estrategias de negocio de las empresas latinoamericanas. El trabajador latinoamericano que por iniciativa propia comienza a adoptar la IA rara vez encuentra del otro lado una organización que demande e integre estas tecnologías.

El Foro Económico Mundial (WEF) subraya este desfase en su informe de 2026 "Latin America in the Intelligent Age” (Latinoamérica en la era de la inteligencia), donde constata que, aunque la penetración de herramientas como ChatGPT en países como Brasil ya supera a la de Estados Unidos y el número de empresas de IA en la región creció un 550% entre 2018 y 2024, solo el 10% de las organizaciones vincula su estrategia de IA con su estrategia corporativa, y únicamente un 6% reporta impactos significativos.

La IA se usa fundamentalmente en Latinoamérica para mejorar la productividad personal o tareas aisladas —redacción, soporte al cliente, análisis puntuales— pero no se integra en los procesos donde está el valor: ventas, logística, producción, riesgo. El resultado es predecible: apenas el 23% de las organizaciones declara generar algún valor económico con la IA y solo un 6% reporta mejoras significativas en sus resultados.

En este contexto, si las empresas no integran la IA en sus estrategias, sacándole rentabilidad, es muy difícil que demanden y recompensen a aquellos trabajadores que, siguiendo el consejo de Shumer, se esfuercen por sí mismos en adoptar y experimentar con esta tecnología. A ello se suma que el entorno tecnológico de muchas empresas de la región —con bases de datos inmaduras, muchas aún sin consistencia ni metadatos adecuados, como documenta el WEF— y procesos escasamente digitalizados, tal como lo señala ILIA 2025, tampoco ofrecen las condiciones adecuadas para que el trabajador pueda desarrollar y desplegar usos más avanzados de la IA.

Cerrar la brecha entre el entusiasmo y la realidad

En América Latina, cada vez más personas conversan, experimentan y se entusiasman con la inteligencia artificial. Pero, como muestran los datos, esa energía se disipa al no encontrar un ecosistema institucional —público como privado— lo suficientemente robusto para potenciarla.

Sin políticas públicas que acompañen, sin inversión, sin infraestructura, sin empresas que integren la IA en sus procesos y sin un sistema de capacitación adecuado, al trabajador entusiasta le resulta muy difícil hacer lo que recomienda Shumer: intentar reducir por sí mismo la distancia entre lo que actualmente la IA es capaz de hacer y la forma limitada en que él la utiliza y le saca provecho.

Cerrar esa brecha en Latinoamérica es un desafío sistémico que va más allá del ciudadano y exige la pronta y decidida acción del Estado, el sector privado y la academia. Mientras eso no suceda, adoptar la IA en la región seguirá siendo una posibilidad solo para algunos.

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