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La variante ómicron del coronavirus ya se extiende en Alemania. Los contagios aumentan velozmente. Pronto cada persona conocerá a alguien que se ha infectado. Los abastecedores de energía, la policía, los bomberos, los hospitales, los servicios de transporte y otros servicios fundamentales trabajan con planes de emergencia. La esfera política reacciona atenuando las hasta ahora rígidas reglas de cuarentena, para que no haya tanta gente forzada a faltar a su trabajo.

¿Será posible? ¿Los políticos aflojan las reglas? ¿Acaso no se endurecieron siempre las restricciones al comienzo de cada nueva ola de pandemia? Esta vez solo se vuelven más severas las reglas para entrar a los locales gastronómicos. No más. Esta vez, muchas cosas son diferentes. Ómicron marca un punto de inflexión.

Esta variante del virus desbarató las esperanzas de que la pandemia termine en un plazo previsible. El coronavirus demuestra una vez más que ha llegado para quedarse. Ya no vale la promesa de los políticos de que todo se arreglaría con la vacuna. También aquellos que se han vacunado, incluso tres veces, se pueden contagiar. Y mientras más gente se contagie, más probable es que surjan nuevas mutaciones.

El miedo va y viene

"Todos nos contagiaremos de todas maneras”, es algo que se oye decir cada vez con más frecuencia. La resignación se abre paso. Se baja la guardia. Sobre todo porque se difunde la noticia de que al parecer ómicron es menos peligrosa que la variante delta y que la vacuna de refuerzo protege en gran medida de una enfermedad grave. En esa constelación resulta más difícil mantener la disciplina.

En lugar de eso, se adecúa el pensamiento y el comportamiento. Mientras a fines de noviembre, cuando ómicron era algo nuevo, muchos ciudadanos demandaban medidas más estrictas, ahora su número se ha reducido. El miedo retrocede y, si no hay perspectivas de un término de la pandemia, habrá que aprender a vivir con el coronavirus.

Para algunos es más fácil que para otros

Para la mayoría, eso significa volver a optar por sí mismos: por la mayor seguridad posible, lo que implica considerables renuncias, o por la mayor libertad posible, ligada a un riesgo supuestamente calculable.

Pero no todos tienen esa elección. Sobre todo, no la tienen aquellos que no se pueden vacunar. La situación también es difícil para familias con niños pequeños, que en su mayoría aún no han sido vacunados. Una y otra vez, estos son enviados a hacer cuarentena cuando se detectan contagios en la escuela o el jardín infantil.

Probablemente sea para muchos un alivio que se atenúen las cuarentenas. Sin embargo, la consecuencia será que el virus se podrá propagar aún más rápidamente. Más niños sin vacunar enfermarán gravemente o tendrán secuelas. El hecho de que el Estado y la sociedad lo acepten es más que resignación; es una capitulación.

Los múltiples fracasos del Estado

Esto resulta amargo, sobre todo porque el Estado ha hecho poco por proteger mejor las escuelas y jardines infantiles. No hay vacunación obligatoria para maestros y educadores. Los filtros de aire son escasos y solo se pueden solicitar cuando una habitación no puede ser ventilada. Donde hay una ventana, se la puede abrir. Aunque haya temperaturas invernales. ¿Clases remotas? No. La presencia obligatoria no se suspende.

Ómicron marca, en efecto, un giro en la pandemia. Aparte de lo ya expuesto, ha llegado el momento en que tenemos que reconocer que Alemania nunca ha logrado anticiparse a "la ola”, porque no está en condiciones de hacerlo. Simplemente faltan las condiciones. Hay demasiada gente que no está vacunada, no hay vacunación obligatoria ni un registro. En cambio, entretanto circulan miles de certificados de vacunación falsificados.

Todo esto es increíble y profundamente frustrante. A corto plazo no se podrá cambiar. Solo queda apretar los dientes y seguir adelante, y abrigar la esperanza de que ómicron sea soportable y quizás pueda incluso marcar el paso hacia una endemia. Pero eso no es seguro. También podrían aparecer nuevas variantes más peligrosas. Ese sería un nuevo punto de inflexión, en el que mejor ni pensar.