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La bicicleta destaca por ser un medio de transporte no contaminante, pero la máxima expresión del ciclismo competitivo, el Tour de Francia, con su caravana de vehículos y sus millones de espectadores, deja una impronta en el medioambiente que la Grande Boucle quiere atenuar.

Sus entre 10 y 12 millones de espectadores a orillas de las carreteras de Francia pueden dejar un rastro de entre 10 y 20 toneladas de desechos, a los que añadir los millones de productos de merchandising de la carrera y de los equipos que distribuye la caravana de Tour, muchos de ellos embalados en plástico, un material de reciclaje difícil y que supone la principal preocupación de los organizadores de la ronda gala en el aspecto medioambiental.

La toma de conciencia data del inicio de siglo. "En un momento dado nos dijimos que había de dejar el recorrido y los paisajes en el mismo estado en el que los encontramos", subraya Philippe Sudres, director de comunicación de la organización del Tour, evocando varias imágenes del Mont Ventoux plagado de desechos que hicieron mucho daño a la imagen de la carrera.

Además de las críticas de la sociedad, esas toneladas de residuos provocaron las quejas de las entidades locales por el elevado coste de su recogida.

Así, fue significativo el caso de los operarios que tuvieron que hacer rápel para limpiar los acantilados en la Saboya.

Contenedores específicos para corredores.

En colaboración con las diferentes regiones francesas, alrededor de 100.000 recipientes de recogida se han instalado en el Tour, y los desechos se eliminan el mismo día o un día después, cuando anteriormente llegaban a permanecer tirados una semana.

Las zonas de avituallamiento de los corredores y la base de los puertos disponen de contenedores especiales para recibir los materiales, sobre todo bidones, lanzados por los ciclistas.

"Nos dijimos que era importante que los corredores no diesen imagen de ser gente que no se preocupa de dónde arrojan cualquier cosa. Es un discurso que pronunciamos en todas las reuniones con los directores deportivos de los equipos", asegura Philippe Sudres.

Más allá de la cuestión de los desechos, el Tour y sus millones de espectadores arrojan un importante saldo de emisiones de carbono, sobre todo procedentes de los vehículos de la caravana, la organización, los corredores y la prensa.

Como elemento comparativo, el Mundial de Brasil dejó una impronta de carbono de 2,7 millones de toneladas, mientras que en el Tour alcanza las 341.000 toneladas.

Ante esta situación, el Tour mantiene conjuntamente "una política de reducción y de compensación", indica Sudres.

En primer lugar, el Tour trata de reducir el número de vehículos en el recorrido, incitando a los equipos a compartir vehículos, y reduciendo la velocidad máxima permitida a 80 kilómetros por hora.

En el plano de la compensación la carrera está asociada a un proyecto ecológico en los bosques de la base del Mont Ventoux, legendario puerto del Tour.

La carrera realiza además estudios sobre el impacto en los enclaves que atraviesa, evita sobrevolarlos en helicóptero, incluye paneles de aviso e información a los espectadores e impide a la caravana el lanzamiento de productos de merchandising.

"Luchamos por el maillot verde, pero ello exige ir paso a paso", concluye Sudres.