La otra Costa Rica: un almuerzo para dos por ¢7.200
Creo -sin temor a equivocarme- en que ustedes y yo coincidimos en que nuestro país es caro, muy caro. Solo basta con ver los precios que los hoteles se dejan cobrar en estos días de época seca. Uno solo aprieta los dientes, abre los ojos y respira profundo para evitar un colerón o un colapso nervioso.
Creo -sin temor a equivocarme- en que ustedes y yo coincidimos en que nuestro país es caro, muy caro. Solo basta con ver los precios que los hoteles se dejan cobrar en estos días de época seca. Uno solo aprieta los dientes, abre los ojos y respira profundo para evitar un colerón o un colapso nervioso.
Pero no solo pensemos en hospedaje. Aquí la comida, la ropa, los alquileres -un amigo paga $400 al mes en el centro de un pueblo costero por un cuarto, no un departamento- y los bienes se cobran en las nubes.
Y a uno lo que le queda es tratar de estirar la plata lo más que se pueda y organizarse de la mejor manera para no pasar apuros económicos.
Pues bien: este fin de semana pasado me fui de paseo a Turrialba -que zona más hermosa por amor de Dios- y me hospedé en un hotel de montaña con vista al distrito central y alrededores y, desde luego, al hermoso y activo volcán del mismo nombre.
La noche costó ¢23.000 en una habitación con dos camas matrimoniales, baño con agua caliente, televisión y un coffeemaker con café y azúcar cortesía de la casa. Ese monto incluyó un desayuno que incluye gallo pinto, con huevo, plátanos maduros, natilla, café, jugo de naranja, tostadas y un plato de frutas frescas.
Para el almuerzo me fui con un amigo a la zona de Cervantes y encontré un restaurante muy coqueto a la vera del camino, aunque sí usted entra más bien luce como una mezcla entre cantina-restaurante.
El asunto es que dos platos de fajitas de pollo con ensalada (deliciosas), una orden de patacones (los mejores que he probado después de los de mi mamá) con frijoles molidos, una orden de gallos de papa y dos refrescos por ¢7.200.
Y para el café -de vuelta en Turrialba- dos tazas de café con galletas recién horneadas y crocantes por solo... ¢900.
Les cuento esto porque me di cuenta de que aún existen lugares en nuestro país donde es posible hallar precios muy muy razonables.
Quizás algunos me digan que esos precios no reflejan los costos operativos onerosos de muchos hoteles, restaurantes u otra clase de negocios del Valle Central o zonas mucho más turísticas.
Lo que les puedo decir es que en este país a uno le quieren sacar los ojos con los precios, y a veces el servicio y la calidad no los ameritan. Pero resulta que hay quienes prefieren vender casi al costo y con calidad y, de esta manera, se aseguran tener clientes contentos y que regresarán una y otra vez. Nada mejor como el "boca a boca".
Lo que les puedo garantizar es que la gente del hotelito en las montañas de Turrialba, del café en el centro del cantón y del restaurante en Cervantes ganaron un nuevo cliente.

