30 de junio de 2016, 4:52 AM

Desde el inicio de nuestra República, aún dentro de un marco federativo y después de que se despejaran algunos de los nublados de aquel día, la nación costarricense expresó con bastante claridad una orientación que desde el inicio fue distinta a la del conjunto centroamericano.

De esta manera, nuestra primera Constitución llevó como nombre Pacto de Concordia y nuestro primer Jefe de Estado confesó como orientación nacional el lograr una espiga más y una lágrima menos. Décadas más adelante, el que llegaría a ser el primer Presidente de la República, Castro Madriz, al inaugurar la Universidad de Santo Tomás, expresó que la ignorancia es el origen de todos los males y que es indispensable para el progreso de los pueblos enfrentar las nuevas condiciones mundiales de competencia con mucha actividad, mucha ciencia y espíritu de emulación. La apertura hacia el mercado internacional, arraigada en la producción de pequeños y medianos propietarios, fue la fórmula poco diversificada para enfrentar los desafíos económicos. Después lo sabido: un dictador abolió la pena de muerte; años después vino la reforma educativa de ley que se orientó a proporcionar educación primaria a la población, aún cuando para cosechar café no fuera necesaria.

Ya en el Siglo XX, el enclave bananero no fue tan benevolente en materia educativa o de desarrollo humano, aunque nos legó, sin proponérselo, un sector social que cimentó las reformas sociales, fundamento de nuestra Costa Rica contemporánea; esto sin negar el aporte personal y extraordinario de protagonistas políticos para cristalizar las reformas sociales de los años cuarentas. Además, una pieza clave no podía faltar: el debilitamiento sistemático del gasto militar, desde los años veintes, que culminó con la abolición del ejército a mitad del siglo pasado. Así se liberaron recursos valiosos para el desarrollo.  

Muchos nublados del día pasaron, por cierto, con mucha actividad y acuerdos de los labriegos sencillos y sus descendientes; también algunos sonados conflictos y otras no tan sonadas exclusiones sociales. De esta forma se dio un desarrollo singular, a ratos sorpresivo, de nuestra Costa Rica. Razón llegó a tener el poeta que recurrió a las imágenes de la paz y del trabajo, esa fecunda labor que enrojece del hombre la faz. No recurrió al fragor de la batalla para expresar los valores y esperanzas de nuestra nación.

¿Es posible hoy en día seguir arrulando con la misma canción de cuna a la nación?