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Es un pendiente que tenía en mente desde mucho antes de colocarse la banda presidencial. 

La prioridad estaba definida desde el 22 de marzo y de forma clara.

Tener bien encaminado el plan con los nuevos impuestos era la tarea que Carlos Alvarado se planteaba como obligación para dejar un buen sabor al arranque. 

La sensación cayó bien el 8 de mayo, en su hora cero. Pero después se agrió en varios flancos abiertos en la oposición en el Congreso.

El último intento de Alvarado llegó el jueves por la noche. Un nuevo borrador de reforma fiscal para que los diputados lo moldeen.

La oposición se divide en criterios pero basados, según ellos, en las señales difusas y confusas que llegan desde Zapote.

De hecho las medidas para recortar gastos por parte de la ministra de Hacienda, Rocío Aguilar, a finales de mayo fueron insuficientes. Aunque la institución estimó el ahorro en 1,7% del PIB.

Esto aportaría a la gran meta de bajar de 6 a 3% el déficit fiscal al final del Gobierno.

Pero la mejora en ese escenario cae de golpe con la noticia del hueco fiscal de 600 mil millones que heredó el gobierno de Luis Guillermo Solís y los pagos de emergencia sin autorización de Hacienda.

Todo esto mantiene al rojo vivo la alerta fiscal y muy lejos de encontrar consensos, calma y confianza.