Nacional

Con casi 80 años esta pareja de Tilarán está a las puertas de llevar su emprendimiento a nivel nacional

Don Oliver y doña Mireya son un ejemplo de que la edad nunca es un obstáculo cuando existe el deseo de superación

MAR 12 2017 Juan José Herrera

Cuando el reloj marca las cinco de la mañana y los primeros rayos del sol empiezan a calentar el pequeño poblado de Cabeceras de Tilarán, don Oliver Rodríguez se pone en pie para empezar su jornada.

Ahí, a unos 28 kilómetros del centro del cantón guanacasteco, están los cañales que durante toda su vida le han dado de comer a él y sus hijos, el origen de miles de tapas de dulce que se convirtieron en el sustento de toda una familia.

Hoy, a sus 79 años, este campesino está a las puertas del que podría ser el mayor reto de su vida.

Junto a su esposa Mireya Carranza, siete años menor que él, esta yunta de adultos mayores muele minutos a la espera del debut de Dulce Tico en todos los AutoMercado del país, un producto que nació hace 18 años cuando precisamente el destino acabó juntándolos.

"Yo era madre soltera de tres hijas, él era viudo. Así fue como terminamos juntos. Casi apenas nos casamos empezamos con el proyecto y no hemos parado desde hace 18 años", recuerda doña Mireya.

Don Oliver tenía el secreto del punto exacto para hacer que la miel no se cristalizara y todos los insumos para fabricarla, doña Mireya puso orden en la operación y le dio cabeza a la logística.

En febrero anterior su proyecto fue elegido entre más de 200 postulantes para llegar a esa cadena de supermercados, una iniciativa de la empresa privada en conjunto con el Ministerio de Economía y otras instituciones.

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Con más de 70 años a cuestas esta pareja mira el futuro con la ilusión propia de la juventud. De mercadeo saben poco y de internet mucho menos, pero para esa parte, como dice doña Mireya, están los hijos.

"Ellos se encargan de eso, nosotros hacemos la miel y ellos son los que nos ayudan en esa parte, en Facebook y esas cosas, dicen que vamos ganando", añade entre risas.

Hoy mismo don Oliver calcula que, en una semana buena, produce unas 250 botellas de dulce. Su proyección inicial, estima, es cuadruplicar esa cifra cuando les den el banderazo de salida.

"En una buena semana son 250, pero eso no nos va a alcanzar. Va a tener que ser por lo menos cuatro tantos más, sacar más cañita y hacer más botellitas", dice don Oliver con una sonrisa.

Pero el reto no los asusta, sino que los emociona. Para el segundo semestre de este año deberán tener listos los primeros envíos, tiempo suficiente para preparar a los nuevos empleados que deberán llegar a ayudar en la producción.

Su emprendimiento, dicen, es el reflejo de que para el trabajo no hace falta juventud sino ganas, un consejo que no se cansan de dar.

"Si yo no trabajo me muero. Mientras haya salud hay que trabajar, siempre, agradecerle a Dios que se puede caminar y ganarse los cinquitos", finalizó don Oliver.

 

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