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Las mujeres senegalesas desafían el cambio climático y a la migración laboral

Los pueblos costeros senegaleses se ven afectados por el cambio climático y la sobrepesca. Muchos hombres se van a buscar trabajo al extranjero. Las mujeres se quedan y lidian con los problemas domésticos.

10/3/2019 12:30

La arena arde en la playa de Ndiébène Gandiol, al oeste de Senegal. Almata Diagne y cuatro de sus seis hijos buscan refugio del abrasador sol bajo una carpa provisional. Magat, la hija mayor de la familia, ayuda a su madre a cargar el pescado, que acaban de comprar a un intermediario, en un cubo. Lleva a cuestas a su hermana menor, de apenas cuatro meses, envuelta en un chal a la espalda. Más tarde venderán el pescado en el mercado de Saint-Louis, la próxima ciudad más grande.

En el mercado, Almata Diagne gana una media de diez euros al día. El dinero complementa lo que su esposo Babacar Jo puede enviarle con su salario desde España. Se fue a Europa en 2006. Por aquel entonces, Almata se casó con otra persona. Después de divorciarse, ambos se casaron durante una de las visitas de Babacar a casa, pero incluso como marido y mujer, rara vez se ven. Babacar Jo pasa la mayor parte del año en España. Con el dinero que gana allí no solo mantiene a la familia que tiene con Almata, sino también a una segunda esposa y a sus hijos, así como a sus padres.

"Recibimos unos 30.000 francos CFA (algo menos de 46 euros) de él cada dos o tres meses”, cuenta Almata. Y añade que no es fácil para él apoyarlos a todos económicamente. Ella sabe que no puede depender únicamente de él.

"En Senegal es una tradición apoyar a los miembros de la familia. Hay que dar dinero a la madre, o a la hermana, aunque no lo necesiten. Solo por respetar la tradición. Los lazos con la familia son aún más fuertes que con la esposa”, explica el sociólogo Oumoul Khaïry Coulibaly-Tandian, coautor de un estudio sobre la relación entre la migración laboral y el cambio ambiental en Senegal.

"Las mujeres de las zonas rurales saben que tienen que trabajar y que no pueden solo esperar al dinero de sus maridos”, dice Oumoul.

Aguas vacías

Babacar es uno de los muchos hombres que abandonaron el pequeño pueblo de Ndiébène Gandiol, donde la costa ahora está salpicada de casas abandonadas, destruidas por las inundaciones y la erosión causada por el aumento del nivel del mar.

Arona Fall, que trabaja en un parque nacional cercano, ha visto de primera mano el impacto que el cambio climático ha tenido en la aldea. "Hoy en día, si cavas un pozo, es difícil conseguir agua fresca. Antes, esta parte de la aldea era un río, pero ahora el océano se han adueñado del río debido al aumento del nivel del mar”, explica.

Antes de irse, el sustento de Babacar, como el de la mayoría de los vecinos, era la pesca. Los barcos abandonados en las playas sirven como símbolo de una industria ya derrotada. Los lugareños cuentan que ya no hay suficientes peces. Algunos lo achacan al aumento de las temperaturas que ha conducido a las poblaciones de peces a aguas más frías al norte, mientras que otros lo atribuyen a los grandes barcos comerciales extranjeros que pescan, a veces de forma ilegal, en estas aguas.

Sin pescado, la población de la región carece de su principal fuente de proteínas. Según los cálculos, el 80 por ciento de la población de peces ya ha desaparecido en algunas zonas. Pero no solo es el agua lo que amenaza la escasez de alimentos. Desde la tierra, el desierto se está adentrando cada vez más en las aldeas. En los campos, no crecen mucho más que cebollas y zanahorias.

"Me gustaría volver, pero como no hay peces en el mar, no tengo nada que hacer aquí”, cuenta Mamadou Diakhate, mientras visita a su esposa y sus dos hijos. Al igual que Babacar, una vez fue dueño de uno de los barcos de pesca de la playa. Ahora vive la mayor parte del año en España. En 2006 España firmó un acuerdo con Senegal permitiendo a los inmigrantes trabajar legalmente. Quienes no fueron a España buscaron su salvación en otros países africanos.

Pocas opciones

Thiaroye sur le Mer, una zona suburbana en las afueras de la capital, Dakar, es otro de los lugares donde la industria pesquera ha colapsado. "Nuestra comunidad depende de la pesca, pero no podemos competir con los grandes barcos extranjeros bien equipados”, lamenta Yayi Bayam Diouf, una mujer que conoce los peligros a los que se enfrentan los migrantes cuando abandonan Senegal. Su hijo murió en un barco tratando de llegar a Europa.

Tras su muerte, creó el Colectivo de Mujeres para la Lucha contra la Migración Ilegal en Senegal, que proporciona formación y microcréditos a las mujeres afectadas negativamente por la migración de miembros de su familia. Quienes participan pueden adquirir diferentes habilidades, como hacer jabón o frutas en conserva, generando así un ingreso para sus familias.

Además de trabajar con mujeres, Yayi Bayam Diouf también trata de convencer a los posibles migrantes de que se queden en su país de origen, mostrándoles cómo es la vida de los migrantes senegaleses en Europa.

"Les digo la verdad. A menudo hasta ocho personas comparten una habitación, no tienen documentos, no hablan el idioma”, relata de sus compatriotas que viven en el extranjero. Les muestra las alternativas con las que cuentan: "con el dinero que necesitan para llegar a Europa, podrían establecer un pequeño negocio aquí en Senegal”.

Estas alternativas pueden funcionar para algunos, pero el hecho es que más de dos tercios de la población senegalesa sigue dependiendo de la agricultura y de la pesca, que se ven afectadas por el aumento de las temperaturas y los patrones climáticos irregulares. Los problemas están respaldados por investigaciones de la Universidad de Columbia Británica. Sus recientes hallazgos describen cómo el cambio climático podría afectar a la pesca mundial, prediciendo que millones de personas en todo el mundo podrían perder su puesto de trabajo, así como su fuente de alimentación, y se verían obligadas a emigrar si las temperaturas mundiales superan el aumento de 1,5 grados centígrados del acuerdo sobre el clima de París.

La próxima generación de Senegal

A veces, Almata también se une a otras mujeres de las aldeas locales mientras navegan en pequeñas embarcaciones en busca de almejas, que el aumento del nivel del mar ha acercado al interior del país. Las vende a unos tres euros el kilo en el mercado.

Antes de ir al mercado, Almata se toma unos minutos para descansar en un escalón frente a su casa. El calor del mediodía se ha vuelto insoportable. Magat, que abandonó la escuela hace unos años para ocuparse del hogar y de los niños más pequeños mientras su madre trabaja, ha ido en busca de agua.

A pesar de la incertidumbre del futuro, espera que la próxima generación aún encuentre oportunidades. "El trabajo que hago es muy duro, a menudo estoy muy cansada. No quiero que mis hijos trabajen así, quiero que vayan a la escuela y tengan éxito”, dice Almata mientras alza un cubo de 20 kilos de pescado sobre su cabeza.

(ar/jov)