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El año pasado, el terremoto de Nicoya dañó el hospital de Puntarenas y afectó la prestación del servicio.

Siete meses más tarde, empleados, médicos y pacientes tienen que enfrentarse todavía al caos.

Ese es el ejemplo claro de lo que podría pasar en cualquier momento con el Hospital de Niños.

El 5 de setiembre del año pasado ocurrió lo que por décadas los expertos habían pronosticado: un gran terremoto con epicentro en la Península de Nicoya.

El hospital Monseñor Sanabria de Puntarenas resultó ser el edificio más dañado por el movimiento de 7,6 grados, al punto que fue necesaria su evacuación total.

La mayoría de los servicios tuvieron que ser reubicados.

Siete meses después, la torre de hospitalización continúa cerrada, mientras se realizan trabajos en otras áreas del complejo, como los quirófanos.

La emergencia puso a prueba tanto a funcionarios como a usuarios del servicio y los obligó a convivir en medio de la incomodidad y el desorden.

Hace poco los pacientes hospitalizados estrenaron una nueva área que se habilitó en un edificio cercano, el cual servía como almacén regional de proveeduría. Aunque el número de camas se redujo, aquí las condiciones son mucho mejor que las que tenían al inicio de la emergencia.

Pero a pesar de todos los esfuerzos, aún hoy, ser empleado, médico o paciente en el Monseñor Sanabria es todo un reto.

Lo que ocurre hoy en ese hospital, podría repetirse en cualquiera de los hospitales del país, incluido el único centro médico dedicado a atender a la población infantil.

¿Alguna vez ha pensado que pasaría si por alguna razón este hospital deja de funcionar?

En el Hospital de Niños todos los días se libra una batalla por la vida.

Este es el único centro de salud de especialidades pediátricas con que cuenta Costa Rica y por eso recibe casos de todo el país, sin distingos de ningún tipo.

Tras una emergencia, la atención de los heridos en las primeras horas generalmente hace la diferencia entre la vida y la muerte, si hablamos de niños la situación se vuelve mucho más crítica.

Esta realidad y lo que ha pasado en otros países cuando los centros médicos se ven afectados por una tragedia y dejan de funcionar, hizo que las autoridades del hospital de niños comenzaran a buscar una solución. Y la encontraron.