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TONACATEPEQUE, 2 noviembre 2013 (AFP) - Carretas con antorchas y personajes de la mitología local como la Siguanaba y el Cipitío desfilaron en el día de Todos los Santos en Tonacatepeque, a 25 km al norte de San Salvador, una tradición que precede la llegada de los españoles.

La jornada festiva en la que participan centenares de hombrecillos color ceniza o rojizo simulando ser esqueletos se inicia en el cementerio cuando por orden de llegada se forman cada una de las 14 carretas chillonas (de sonido agudo) que adornadas de calaveras, "zanquilibrijos" (esqueletos) y zopilotes llaman la atención de lugareños y turistas extranjeros.

Coreando el estribillo "Angeles somos, del cielo venimos pidiendo ayote para todo el camino, mino, mino", al estruendo de pirotécnicos en el firmamento, los jóvenes movilizan la caravana de carretas, mientras miles de personas que les observan a la orilla de la calle les aplauden.

"Participamos en la fiesta la Calabiuza para no perder la tradición y rechazar el Halloween de Estados Unidos", declara a la AFP Francisco Siliezar, un joven de 15 años que se disfrazó de Cipitío, un personaje que según la leyenda enamora a las mujeres más simpáticas y se caracteriza por comer ceniza, ser panzón y tener un sombrero ancho y puntiagudo.

Con la guerra civil (1980-1992), la fiesta de la Calabiuza, se dejó de hacer, pero ante los intentos de los jóvenes de adoptar el importado Halloween, la alcaldía y los adultos decidieron retomarla y hoy es uno de los festejos populares más importantes del país.

La Calabiuza se impuso a la tradición española

"Parte de esta tradición la trajeron los españoles en 1530, pero nunca se imaginaron que aquí nuestros antepasados tenían las propias y que celebraban el final de las cosechas y el día de los muertos o de Mictlantecuhtli que era el dios del inframundo y de los muertos, entonces combinaron las dos celebraciones", recuerda el historiador de Tonacatepeque, Luis Silva, de 66 años.

Para el historiador, los antepasados salvadoreños no atendieron a los españoles y "le pusieron su propio sello" y llamaron la festividad "La Calabiuza" que en el lenguaje local significa calavera.

"Prácticamente desapareció lo que trajeron los españoles y se ha quedado lo propio y es un orgullo para nosotros", resume Silva.

Gritos por miedo a la siguanaba y el diablo

Por la calle principal de Tonacatepeque, una ciudad agrícola de 91.000 habitantes, se escuchaban muchos gritos que a las personas desprevenidas arrancaba la Siguanaba, una mujer hermosa que por coquetear con todos los hombres y abandonar su hijo el Cipitío, el dios Tlaloc la transformó en una mujer despeinada y harapienta con enormes senos.

Otros personas que generaban miedo eran los padres sin cabeza con sus sotanas negras, el Diablo, el Cadejo negro (que tiene forma de perro) y la llorona o plañidera que con un traje blanco pregunta dónde está su hijo muerto.

Mientras unos huyen del terror que generan los enmascarados personajes, en la plaza central de Tonacetepeque, en improvisadas hornías o fogones y en enormes peroles (vasijas de metal) se cocía el ayote en miel para repartir a todos los asistentes.

Iluminados por las fogatas que cocían los ayotes, centenares de pobladores y visitantes formaron largas filas para recibir su respectiva porción.

"Con la fiesta de la Calabiuza le decimos al mundo que mantenemos nuestra tradición y lo más importante es que apartamos a los jóvenes de la violencia", declaró a la AFP el alcalde de Tonacetepeque, Roberto Herrera.

La jornada de la Calabiuza concluyó a un costado de la plaza donde en una tarima fueron premiados los personajes que más se destacaron, así como la carreta más pintoresca.