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En los terribles incendios que devastaron Australia, muchas personas lo perdieron todo. Meses después de que se apagaran las llamas, todavía viven en tiendas de campaña, garajes o refugios improvisados, una situación agravada por el coronavirus.

En la costa sudeste de Australia, Anita Lawrence y sus cinco hijos tratan de protegerse del frío en un refugio de estaño.

Estaba en Tasmania cuando los incendios destruyeron los materiales destinados a construir su nueva casa.

"Todo ha desaparecido", dice esta mujer de 51 años, de pie junto a árboles calcinados.

Australia vivió a finales de 2019 y principios de 2020 unos incendios de excepcional magnitud y duración que obligaron a miles de personas a buscar refugios precarios.

La catástrofe ha generado una ola de solidaridad en todo el mundo y promesas del gobierno.

Pero seis meses después, al igual que esta madre, que vive a seis horas en coche de Sídney, muchas personas siguen en una situación precaria.

"Cuando vuelves, hay tantas cosas destruidas que todo es difícil", cuenta a la AFP Lawrence, que vive desde febrero en este refugio temporal.

Desde marzo, debido al confinamiento instaurado para luchar contra el coronavirus, ya no da clases de jardinería en un colegio, como hacía varios días por semana. Logró alimentar a su familia con sus ahorros para la jubilación.

David Crooke, un habitante de la región, y su equipo construyeron una extensión para agrandar el alojamiento temporal.

Gracias a él, ahora tiene un baño, calefacción y un dormitorio.

En los últimos meses, el pequeño equipo de Crooke, financiado por el gobierno del estado de Nueva Gales del Sur, la Cruz Roja y los donativos, ha construido refugios para aquellos que se han quedado sin nada.

"Hay lugares que están completamente destruidos", dice.

"Lento y difícil"

El mismo perdió su casa durante los incendios contra los que luchó todo el verano.

Desde entonces acampa en condiciones cada vez más difíciles, moviéndose de un lugar a otro, para ayudar a construir alojamientos temporales.

Pero el material es vetusto o escaso, lo que complica una tarea ya de por sí difícil desde un punto de vista físico y emocional.

"Ningún miembro de mi equipo posee realmente nada (...) trabajamos al día, dependemos mucho de nuestro sueldo", asegura.

En toda la región, sin embargo, hay señales de que la vida se impone sobre el paisaje carbonizado por las llamas. Pero es "lento y difícil", dice Wayne Keft, de 66 años. Su casa, situada en Cobargo, fue destruida por "una bola de fuego". Ahora vive en un garaje.

La ayuda a las víctimas de incendios dejó de llegar a medida que la epidemia de coronavirus captó la atención mundial.

"La máquina estaba muy bien engrasada, y luego la covid-19 golpeó, y esto de alguna manera detuvo los donativos", explica Hatcher, coordinador del equipo logístico encargado de los donativos de la costa sur.

Debido al virus, muchas asociaciones han perdido voluntarios, dejando a los habitantes traumatizados, sin apoyo moral, lamenta.

Como el turismo está prohibido hasta por lo menos el 1 de junio, el estado queda privado de su principal fuente de ingresos.

Sin sueldo, es casi imposible para las empresas locales obtener un préstamo para financiar la reconstrucción.

Después de los incendios, Lorena Granados y su marido instalaron un puesto frente a lo que quedaba de su tienda de artículos de cuero, que se incendió

Luego se mudaron a un local temporal con la esperanza de recuperarse gracias a su negocio.

"No estábamos preparados para perder nuestra casa y nuestro negocio en un día", explica.

Pero lucharán. "Cada día, la venta de solo un pequeño artículo nos anima a continuar".