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Alessandro Solís Lerici para Teletica.com

Primer fin de semana de estado de alarma en España. Después de observar durante tres semanas el avance exponencial del Covid-19 en todo el territorio, el Gobierno no ha tenido más opción que confinar a la población (47 millones de personas) para, con suerte, ver un descenso en la curva de expansión dentro de no menos de un mes. 

Hasta hace una semana, se permitían todos los movimientos y eventos multitudinarios; este domingo, el grueso del comercio está cerrado, salvo los establecimientos de productos básicos. Todos los ciudadanos tienen la orden de permanecer en sus casas, y se castiga a quien la incumpla.

A las panaderías ingresa una persona a la vez y el resto hacen fila separados, al menos, por una distancia prudencial de un metro. No pueden estar más de diez clientes dentro de un supermercado. Los restaurantes solo realizan entregas a domicilio. Todos los bares y cafés están cerrados, lo que significa que la extendida costumbre de tomar cerveza en terrazas a pie de calle está suspendida hasta nuevo aviso. Quien haya visitado o vivido en España entenderá que desprenderse de la cultura de las terrazas supone un gran sacrificio para la población. En general, no ocupar el espacio público es un desafío en “el país del sol”, pero la gravedad del asunto demanda desprendimiento.

En mi barrio, en el centro de Barcelona, nadie parece estar especialmente enfadado. “Es lo que hay”, se dice. Anoche, a las diez —poco después de que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, informara del decreto del estado de alarma—, nuestros vecinos salieron a los balcones y ventanas a aplaudir durante varios minutos. En breve supimos que lo mismo pasó en toda España. Desde horas de la tarde se invitó vía WhatsApp y redes sociales a transmitir este gesto colectivo para agradecer a las personas que están arrimando el hombro para brindar servicios esenciales durante esta crisis: personal sanitario, de supermercados y farmacias, de limpieza y de servicios sociales, así como transportistas, proveedores, fuerzas de seguridad y una larga lista de labores sin las que la realidad sería aún más dantesca.

Si hace tan solo algunos días muchos pensaban que era exagerado prepararse en España para un escenario tan draconiano como el de Italia, este domingo la mayor parte de la población se mentaliza a que, durante las próximas semanas, la vida cambiará drásticamente. Las autoridades de la ciudad invitaban días atrás a bajar el ritmo, apelando a la responsabilidad individual y colectiva. Ya no es un consejo, sino una orden. Nada será igual, y probablemente tampoco lo será cuando recuperemos la normalidad. Las experiencias de otros países con el coronavirus nos enseñan que hay al menos dos enfoques para afrontar la emergencia (tomar medidas drásticas lo más temprano posible, como por ejemplo hizo Taiwán, o cerrarlo todo cuando las cifras son alarmantes), pero nadie prevé la factura de todo esto en la civilización como la conocemos.


Algunas noches, después de pasar todo el día leyendo, escuchando y escribiendo sobre la pandemia, me pregunto si este es un ensayo del futuro que nos espera. Llevamos muchos años escuchando el consejo de los expertos de cambiar nuestras costumbres antes de que sea demasiado tarde, y solo hemos accedido a hacerlo cuando un virus nos ha dejado sin alternativa. Me pregunto si, cuando todo esto haya acabado, volveremos a cometer los mismos errores, ya no solo respecto de la protección del ambiente, sino también de todo aquello que en todos los ciclos electorales ponemos en cuestión, como los sistemas de seguridad social o los mecanismos para acabar con la desigualdad, entre muchas otras deudas humanitarias pendientes.

Pero no tiene sentido pensar mucho en el futuro con el estado actual de las cosas. El coronavirus llegó a España el último día de enero, y la verdadera propagación en la Península Ibérica comenzó en la última semana de febrero. Desde entonces, la realidad nacional y todos los problemas políticos por los que atraviesa España (que estrenó este año el primer Gobierno de coalición de su historia) se difuminaron. Por lo general, el avance del coronavirus aquí ha sido como ver con retraso la propagación en Italia, y saber lo que ha sucedido allí lleva inevitablemente a pensar en lo que viene, algo que considero que deberían plantearse todos los demás países del mundo, pues creo que España tardó mucho en tomarse como advertencias todas las señales transmitidas desde el vecino transalpino.

Es cierto que las medidas tienden a parecer alucinantes desde la distancia, por la ruptura de la normalidad que suponen, pero si se toman de forma proactiva y no reactiva podrían proteger del colapso a los sistemas sanitarios y ayudarían a salvar muchas vidas. Lamentablemente, la modernidad es tan ininteligible que se pone en la misma balanza la vida humana y la situación económica, lo que retrasa la respuesta de los gobernantes. La responsabilidad individual también se hace ineludible en tiempos como estos. Se repiten en España escenas de otros países, como el desabastecimiento puntual de productos en los supermercados. Por dicha, todo se repone muy rápidamente y se le dice a la ciudadanía que no hay motivo para entrar en pánico por la escasez de bienes. Cabe esperar que lo entiendan, y pronto.

No obstante, en general, en Barcelona los ánimos en la calle distan mucho de ser los que se muestran en la prensa o en las redes sociales. La gente siente inquietud y un sentido de precaución, y casi todos evitan salir de sus casas. Eso, y que naturalmente hay mucho menos turismo, hace que la ciudad se vea y se sienta lo menos concurrida que se ha visto seguramente en décadas, pero el ambiente no es de pánico ni la actitud general hostil. Por lo personal, en mi trabajo me ofrecieron el teletrabajo y lo acepté; esta semana he estado siguiendo la situación desde casa. Somos un periódico digital, por lo que las medidas no suponen un impedimento para seguir trabajando, y la avalancha informativa hace que siempre haya algo que hacer.

Los periodistas tenemos sobrecarga laboral estos días, y se entiende. Todo cambia mucho y muy rápido en cuestión de horas. Si informar es nuestro deber, en un estado de alarma no habrá descanso. Para mí no deja de ser interesante ver cómo reacciona también la élite económica, que cuando las cosas van bien se enoja con los Estados interventores pero que cuando las cosas van mal pide ayuda a gritos al Gobierno. Pasa que todo se ve más claro conforme nos adentramos en la crisis: queda poca duda de que, debajo de esos ávidos poderes económicos y políticos, todavía hay una sociedad que ostenta altos índices de humanidad en su constitución. Podemos llamarle "la gente", la verdadera víctima de todo esto. Y la gente, aquí, sigue siendo gente. Por ahora.