Última Hora

Nacional

¿Qué se siente ser romero?

Muchos conductores no respetaron el bloqueo en los cruces impuesto por los oficiales de Tránsito.

Félix Miranda Hace 8/2/2013 4:05:00 PM

¿Qué tienen en común una fisioterapeuta, un vendedor, dos estudiantes de colegio, una ama de casa y un joven de una pastoral juvenil?

A simple vista nada, pero los lazos que los unen, son más fuertes de los que ellos se podrían imaginar, ya que forman parte de los cientos de miles de creyentes que se dan cita cada año en la Basílica de los Ángeles, mediante la romería.

Este año, he contando con la particularidad de mi trabajo, para contarles desde adentro, ¿qué se siente ser romero? ¿Qué es lo más difícil de serlo? ¿Qué es lo que mueve tanto a los creyentes, que cada año realizan este trayecto desde zonas tan alejadas del país como San Vito de Coto Brus o Atenas.

Este año he tenido la oportunidad de vivir la romería desde otro punto de vista. Intentando no solo participar como romero, si no de observar con ojos de periodista esta tradición tan costarricense.

Saliendo desde Coronado como todos los fieles de la zona, tomé un autobús hasta la iglesia de Guadalupe, ahí se me unieron un grupo de amigos.

Ya frente a la iglesia de Guadalupe, grupos importantes de jóvenes, se empezaron a reunir y realizaron una oración para que el trayecto hacia la Basílica transcurriera sin novedad. Incorporándome al grueso de romeros que salen desde otro puntos de capital y que convergen en la carretera interamericana a la altura de San Pedro de Montes de Oca.

La imagen que se observa a continuación es impresionante, cientos de miles de costarricenses, que sin importar sus diferencias cotidianas se convierten en un mar de sentimientos, cánticos, rezos y un júbilo extraordinario, todos con la única meta de llegar hasta la Basílica para rendirle honor a la Negrita, patrona de Costa Rica.

Al ser parte de este conglomerado extraordinario, tuve la oportunidad de conocer, de una manera más cercana, las razones que motivan al romero. Así descubrí varias historias de fe, entre ellas la manera particular de darle gracias a la Negrita, por parte de Esteban Calvo; quien realiza el recorrido descalzo, desde la Catedral Metropolitana hacia La Basílica. El ritmo que llevaba era imparable, no parecía que el asfalto le hiciera algún efecto a sus pies descalzos.

La carretera vieja hacia Cartago se queda chica ante la cantidad de fieles que se agolpan en su trayecto, obligándolos a bajar el ritmo y tomar fuerzas para el posterior ascenso a Ochomogo.

Cuando se llega a Tres Ríos, los miles de creyentes aprovechan la oportunidad para hidratarse, consumir alimentos o alguno de los productos que ofrecen el comercio formal y vendedores ambulantes, ocasionando una algarabía, donde se escuchan rezos y la ofertas que re realizan. El parque se convierte en un puesto de descanso masivo para los romeros que renuevan fuerzas para enfrentar la subida de Ochomogo.

Es impresionante observar como la masa humana converge en un cuello de botella en el momento en que la carretera vieja se une a la autopista Florencia del Castillo. Las fuerzas públicas no reportaron incidentes de ningún tipo.

En este punto del recorrido, Ochomogo ataca, las energías y el júbilo se convierten en un silencio penitente que la da sentido espiritual a la romería y la surge las preguntas: ¿Tendré las fuerzas necesarias para llegar? ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Faltará mucho para llegar?

El saludo del tren que viaja paralelo a la ruta, le brinda ánimos a los romeros que exhaustos han conquistado Ochomogo. Más adelante se divisa el puesto principal de la Cruz Roja, que atiende un sinnúmero de dolencias y súplicas, convirtiendo en un verdadero oasis, para renovar las fuerzas y la fe.

El descenso hacia Taras, no deja de ser controversial, las pantorrillas, las rodillas, los tobillos y los talones, reclaman.

El trayecto de Taras hacia Cartago, parece ser interminable, a pesar de que el trayecto es sumamente plano y bien iluminado. El silencio se rompe nuevamente con los cánticos de los fieles que renuevan su esperanza por llegar pronto a cumplir su promesa ante la Negrita.

Las últimas 17 de cuadras del trayecto parecen eternas, el ímpetu de la marcha deja atrás el sufrimiento sufrido a lo largo del trayecto, dándole paso al regocijo espiritual, entre lágrimas de alegría y plegarías impregnadas de fe.

Al llegar a la plazoleta de la Basílica, se observa un océano de romeros, que luchan contra corriente por ingresar a cumplir su promesa. Muy a pesar de las declaraciones de la Municipalidad de Cartago, la plazoleta se convirtió en un gran campamento humano, cientos de fieles que se lanzaron a descansar en los fríos adoquines interrumpían el libre tránsito de los que arribaban.

Esto generó que muchos romeros no ingresaran a la Basílica, ya que no había una clara demarcación entre las miles de personas que descansaban, intentaban ingresar y los que salían. La falta de presencia policial o clerical que impusiera el orden, empañó muy a mi parecer, la festividad.

A pesar de la novedad del servicio de tren para salir de la noble y leal ciudad de Cartago, el servicio no dio abasto para los miles que intentaban salir. Filas de hasta más de un kilómetro de largo y con tiempos superiores de espera a las 6 horas, causaron indisposición en los romeros, que llevaban más tiempo en pie que realizando la romería desde algunos puntos de la capital.
Paralelamente el servicio de buses reportaba filas de hasta 8 cuadras. Los conatos de violencia se dieron en momentos tensos, en que personas intentaban adelantar la fila.

Muchos conductores no respetaron el bloqueo en los cruces impuesto por los oficiales de Tránsito, ya que estos no se encontraban vigilantes en los puestos (a pesar de que las unidades estaban ahí… sin oficiales) y ocasionaron choques con los romeros que se encontraban haciendo filas.

Los beneficiados, de manera parcial de este caos vial, fueron los conductores de vehículos particulares y taxistas que realizaron “colectivos” hasta San José, por sumas de 3.000 a 4.000 colones por viaje.

De esta manera me encontré en un taxi hacia San José, en la compañía de tres romeros atenienses, los cuales estaban igualmente de asombrados e indignados por los tiempos de salida de Cartago hacia San José.

Y en ese momento tan cotidiano y extraño, comprendí que es lo que nos une a cientos de miles de costarricense en una caminata de madrugada hacia Cartago. La fe nos une, mucho más de lo que creemos, como seres humanos. Por lo tanto queda en nosotros aplicarla el resto de los 364 días del año.