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Tres olas de 3 metros fueron las responsables de volcar la lancha en la que, en enero pasado, viajaban los 25 costarricenses que vacacionaban en Corn Island, Nicaragua, y cuya tragedia dejó un saldo de 13 nacionales fallecidos.

Así lo relató Shura Welcome Crawford, jueza y habitante de este territorio insular, al diario local La Prensa, que recogió los minutos previos y posteriores a la tragedia que enlutó a ambos países.

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Este es parte del reportaje del citado rotativo escrito por Fabrice Le Leous:

"A las 9:00 de la mañana del sábado 23, La (embarcación) Reina del Caribe salió del Hotel Arena’s Beach, en Big Corn Island, con destino a la isla pequeña. Su dueño y capitán, Hilario Blandón, y su ayudante, Elton Pratt, llevaban a un risueño grupo de turistas para que conocieran las prístinas costas de la pequeña Isla del Maíz, traducido su nombre al español, donde los caminos solo son transitados por gente que anda a pie o en bicicleta.

"Era por ahí de la 1:05 o 1:15 p.m. El tiempo era malo pero no podía estar tan mal, pensó ella, pues la panga salía. Solo diez minutos después del zarpe, nubes de un gris pálido se reflejaban en el agua como turbulentas placas de plomo y fuertes vientos de norte a sur acarreaban a ratos brisa y a ratos lluvia. 

"En total iban 33. Don Hilario, su ayudante Elton, Shura, una brasileña, 2 británicos recién casados, 2 estadounidenses y 25 costarricenses.

"Al saltar las primeras olas, un grupo de jóvenes ticos iba alegre, bromeando. Uno de ellos tomaba fotos y videos con su cámara sujeta a un selfie stick. 'Cuando salió la panga ellos iban disfrutando del viaje, pero ya cuando vimos que realmente el tiempo estaba feo todos íbamos calladitos', recuerda Shura.

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La panga no iba rápido porque las circunstancias no lo permitían. El mar estaba bravísimo y el capitán vociferó: “¡Pónganse sus salvavidas!” Todos obedecieron. Shura llevaba la cabeza tercamente inclinada, los ojos clavados en el piso del bote y la decisión de no mirar hacia los costados muy firme.

Pero una primera ola violentísima sacudió el costado derecho del bote y empujó a todos contra el lado opuesto. Una segunda la siguió y llenó de agua la panga. Y una tercera, en cuestión de segundos, la volteó. A la 1:30 p.m. los 33 eran náufragos. Algunos quedaron a la deriva, sueltos, pero otros quedaron atrapados bajo la lancha volteada. Entre ellos Shura.

“Fue tan rápido… Parecía un barco de papel. Debajo de la panga se miraba oscuro. Yo no conocía a nadie, entonces no sé quiénes estaban ahí. No te podría decir”.

“Quedarse debajo de la panga es peligroso porque te puede golpear y porque las personas se subían sobre ella. La niña de 3 años estaba encima con su padre. Yo no intenté subirme porque vi a la niña y me puse en los pies del papá. Él necesitaba ese lugar más que yo”. Shura se quedó en el agua, esperando.

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"Dos semanas después de la tragedia, la voz de Shura tiembla un poco cuando explica que, para ella, la mayoría de quienes perdieron la vida ese día eran personas que quedaron bajo el bote y tenían miedo de quitarse el salvavidas para salir o quizá no sabían nadar. De ser así, para unos la lancha era símbolo de vida, de mantener la esperanza de un rescate, mientras que para otros era una especie de jaula infernal que los condenaba al ahogo".