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En el tema de Donald Trump no me preocupa su xenofobia ni su discurso populista. No me quita el sueño que él diga que estaría dispuesto a levantar un muro entre Estados Unidos y México para que los migrantes latinoamericanos no puedan cruzar. No me inquieta que haya sugerido que los musulmanes deberían ser expulsados de tierras estadounidenses, ni tampoco su comportamiento misógino. No me malinterpreta; no me preocupan no porque crea que sean buenas ideas. Todo lo contrario, pienso firmemente que son posiciones absurdas y propias de la edad de piedra. 

Comprendo que siempre habrá idiotas de cuya boca salgan esas estupideces. Lo que sí me preocupa –y mucho es que la mayoría de la gente esté pensando en apoyarlo en la carrera por llegar a la Casa Blanca.

Aunque todavía falta bastante para que Estados Unidos escoja a su nuevo presidente, lo cierto es que este aspirante está tomando una fuerza que ya asusta. Hoy por hoy, Trump es quien lidera en las tiendas republicanas y sus contrincantes hacen esfuerzos por alcanzarlo.

Meses atrás, cuando Trump anunció sus intenciones por ser presidente, la mayoría lo considero un charlatán buscaba publicidad y, de paso,  gastar un poco de su dinero. Cuando su popularidad entre los estadounidenses empezó a crecer, los analistas dijeron que pronto se desinflaría. No obstante, tal cosa no ha ocurrido. Es más,  su discurso sigue sumando simpatizantes. Lo que ayer era una posibilidad descabellada ahora es una amenaza de pelo rubio.  El que un tonto diga disparates no es el problema. El problema es que la gente le crea y lo apoye. Hace unos 80 años, un hombre de baja estatura y un ridículo bigote comenzó a decir sandeces. No hubiera pasado nada de no ser porque un pueblo “le dio cuerda, le siguió la corriente” y terminó en un holocausto.