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    Los terroristas procuran mediante actos de salvajismo provocar miedo y terror a quienes consideran sus enemigos.  

    Ese es el objetivo principal detrás de ataques como los de la pasada semana en París. Paradójicamente, medios de comunicación y todo tipo de personas alrededor del mundo,  sin saberlo y  -por supuesto- sin quererlo, aumentan la onda expansiva del terror. 

    Las desgarradoras imágenes de una mujer colgando de una de las ventanas del teatro Bataclan, las decenas de personas corriendo horrorizadas ante los ataques indiscriminados en los cafés de la Rue Bichat o la dolorosa fotografía de la madre abrazando a su hijo en media calle sin tener idea de lo que sucede, contribuyen al vil deseo de los terroristas de abatir y amilanar a sus enemigos.

    Sin embargo, en medio de estas tragedias hay imágenes de una fuerza portentosa. Fotografías y videos de personas que no se doblegan ante el terrorismo. Hombres y mujeres que,  con ejemplar valor y dignidad en momentos extremos, no bajan la cabeza y se ponen en pie de lucha contra la barbarie.  

    Para mí esa imagen de los franceses heridos pero sin claudicar, dignos y valerosos, como los que integraron la heroica Resistencia durante la ocupación nazi, es el video de los cientos de ciudadanos cantando emocionados La Marsellesa mientras abandonan el Estadio de Francia…

    “Allons enfants de la Patrie

    Le jour de glorie est arrive!”

     

    “En marcha, hijos de la Patria

    Ha llegado el día de gloria!”

    Esos franceses, cantando La Marsellesa,  avanzando por el túnel de salida del estadio, en medio del caos, conociendo tan solo angustiantes retazos de la tragedia que sufría Paris, encarnan la generación de sus abuelos, los heroicos hombres y mujeres que formaron parte de la gloriosa Resistencia que enfrenta la vejatoria ocupación de Francia por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.       

    Cuando, por cierto, los invasores proscriben La Marsellesa por considerarla   -¡como era!-  un himno contra la ocupación alemana y toda su ignominia.

    Recuerden, los amantes del cine, una de las más memorables escenas de Casablanca cuando un grupo de oficiales nazis,  en el Café de Rick, con soberbia y prepotencia, canta El guardia sobre el Rin…    De repente, altivo y decidido aparece en escena Victor Laszlo, atraviesa el salón, pide a la banda que toque La Marsellesa, Rick asiente,  y con pasión y orgullo todos se levantan y cantan “la música que nos ahorrará muchos cañones”,  como un siglo y medio antes la describe Napoleón Bonaparte.   

    Aunque  el capitán de ingenieros de la guarnición de Estrasburgo, Claude-Joseph Rouget de Lisle,  compone este himno en 1792, en el contexto de la guerra de Francia con Austria, y la titula “Canto de Guerra para el ejército del Rin”, tendrá que pasar más de un siglo y medio para que en 1958 finalmente se declara La Marsellesa himno nacional de Francia.       

    Pero, desde 1792,  ha sido un inspirador himno de lucha, de defensa de la libertad, parte del ADN de la nación francesa.

    Así volvió a escucharse la infame noche del viernes 13 de noviembre a la salida del Estadio de Francia y en infinidad de lugares más en el mundo.

    “¡Aux armes, citoyens!

    Formez vos bataillons!

    Marchons, marchons! ”

     

    “¡A las armas, ciudadanos!

    ¡Formad vuestros batallones!

    ¡marchemos, marchemos! “

    Lo terrible es que -ojalá esté equivocado-  los más siniestros y crueles capítulos de esta guerra no los hemos sufrido todavía.

     

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