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    Deportes | Fútbol

    Una fina clase de mecánica del Herediano para desarmar un "Ferrari"

    La mecánica y el fútbol tienen cosas en común. Se puede especular mucho sobre el daño de un carro o el resultado de un partido, pero al final lo que cuentan son los hechos concretos. Si un carro no camina, es que algo no está bien y se debe arreglar, mientras que el fútbol solo admite las realidades que se enmarcan en 90 minutos de competencia. Al final, gana quien anote más goles y punto.

    Este martes, el Rosabal Cordero fue un taller, donde quedó desarmado el publicitado "Ferrari", denominación reciente de un América que se gasta fortunas contratando jugadores.

    Mauricio Wright, Jafet Soto y toda la estructura del Herediano se lucieron al conocer muy bien el "supuesto chuzo" que les entregaron.  Los florenses supieron dónde focalizar, usaron bien sus herramientas, aflojaron las tuercas indicadas y poco a poco la carrocería se fue cayendo sola.  El primer ejemplo del desplome se dio casi a la media hora, cuando un repuesto ecuatoriano llamado Michael Arroyo fue desechado por mal funcionamiento y por no encajar en la carburación del partido.

    Otra pieza también se hubiera tenido que apartar, pero el árbitro panameño, el guardalínea y hasta el delegado de Concacaf no advirtieron la grosería de Pablo Goltz sobre un Lagos indefenso en el suelo.  Sin embargo, era una señal muy clara de que ayer (y solo ayer), el América era mucha caparazón y poca máquina.

    Un mecánico que hace su trabajo, conoce los componentes que tendrá que manipular, pero al mismo tiempo, podrá improvisar cuando hace un diagnóstico.  Al medio tiempo Wright lo  evidenció  al notar las carencias del Ferrari e incluyó a Elías Aguilar para terminar de dispersar las partes.

    Matosas nunca se dio cuenta del cambio de marcha del Herediano y repentinamente  su motor perdía caballos de fuerza ante el avasallador ritmo propuesto por los locales.  Estando abajo en el marcador y con 10 hombres, igual quiso manipular las velocidades y acelerar, pero el clutch y el volante ya estaban desarticulados.

    Los goles fueron resultado de bumpers y guardabarros que se arrugaron en todo momento y que no defendieron ni la carrocería, ni el motor de las Águilas. Y para peores,  la refacción (como dirían los mexicanos) que colocaron por Moisés Muñoz tampoco funcionó.

    El trabajo fue fino, planificado y  con mucho conocimiento de la labor a realizar. Pero al igual que se dice al principio de esta nota, el fútbol como muchas cosas en la vida, sólo registra los hechos comprobados.  Herediano dio un gran paso, pero no es definitivo. Faltan aún 90 minutos y nadie puede garantizar que los florenses estén en la final.

    Por ahora, lo único seguro que se puede decir, sin que haya pasado, es que el Ferrari tendrá que volar en el Azteca, si quiere avanzar.  Si no lo logran, deberían cambiar de carro o de publicidad, porque por ahora se venden caro, pero el auto corre poco.

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